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Atopia

En 1923, un médico norteamericano, Arthur Fernández Coca, recurrió al vocablo griego atopos (que significa “inhabitual” o “raro”) para acuñar una palabra, atopia, con la que referirse a la condición de algunas personas que, aparentemente por predisposición genética, sufrían rinitis, asma o urticaria con mayor frecuencia que la población general.

En esa fecha todavía no se conocía la inmunoglobulina E (IgE), responsable molecular de esa predisposición, pero los médicos de la época constataron que, efectivamente, tal predisposición existía, y que parecía tener una base heredo-familiar (lo cual se ha confirmado posteriormente), por lo que el uso del término atopia para referirse a ella se generalizó, y se ha perpetuado hasta la actualidad.

Podemos, entonces, definir la atopia como la predisposición de base genética para la formación de IgE específica para alérgenos diversos. Se trata de la enfermedad de base inmunológica más frecuente en los seres humanos, especialmente en los países desarrollados, en los que afecta a una elevada proporción de personas.

Entre otras cosas, la atopia se caracteriza por un aumento de los niveles de IgE sérica total (es decir, de los niveles de IgE en sangre, que pueden medirse). Además, se ha comprobado que, entre los pacientes atópicos, los niveles de IgE sérica total son mayores en los pacientes que padecen asma alérgico que en quienes padecen una rinoconjuntivitis alérgica (aunque la sensibilización sea al mismo alérgeno), y, dentro del grupo de los que tienen asma, los niveles de IgE son más elevados en quienes tienen un asma grave que en quienes tienen un asma leve. No obstante, los mayores niveles de IgE sérica suelen detectarse en quienes padecen una dermatitis atópica.

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Esofagitis eosinofílica

La esofagitis eosinofílica es una enfermedad inflamatoria crónica de causa desconocida que se caracteriza por un acúmulo de eosinófilos (una variedad de glóbulos blancos de la sangre) en el esófago, condicionando un mal funcionamiento del mismo. El esófago es un tubo con pared muscular que participa en el tránsito de los alimentos desde la boca al estómago, lo cual determina que los síntomas principales de este trastorno (que son variables, dependiendo de la edad), están relacionados con la función digestiva: en el caso de lactantes y niños pequeños puede haber rechazo de la comida, o no crecen al ritmo normal;  los niños en edad escolar a menudo refieren dolor abdominal, dificultad para tragar (disfagia) o vómitos; los adolescentes y los adultos también refieren a menudo dificultad para tragar, junto a otros síntomas menos frecuentes (hipersalivación, vómitos, dolor torácico, …). En los casos más graves, el esófago puede estrecharse hasta tal punto que la comida se atasca: este fenómeno se llama impactación del alimento y necesita tratamiento urgente.

Se estima una prevalencia de esofagitis eosinofílica de 45 casos por cien mil habitantes.

Diversas circunstancias permiten relacionar la esofagitis eosinofílica con una alteración de carácter alérgico, pues se ha comprobado que diversos alimentos (o incluso alérgenos inhalados como pólenes u hongos) pueden producir una inflamación tras su contacto con el sistema inmunológico de la pared del esófago (se considera que, efectivamente, una respuesta inmunológica adversa a algún alimento es la principal causa de esofagitis eosinofílica en una gran cantidad de pacientes), y que, en algunos casos, la retirada de los alimentos frente a los que se ha detectado alergia ayuda a controlar la enfermedad.

Si quieres conocer más sobre la esofagitis eosinofílica, puedes visitar la página web de la Asociación Española de Esofagitis Eosinofílica:

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