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Abejas y avispas: ¿quieres conocerlas?

Hace un par de días, cuando abordábamos la muerte del faraón Menes, comentamos que el suyo es el primer caso de anafilaxia que tenemos documentado, y que ocurrió como consecuencia de una picadura de abeja.

Todavía hoy, la alergia a veneno de abeja o avispa es una causa frecuente de anafilaxia, atribuyéndosele en torno al 12 % o casi 14 % (dependiendo de los grupos de edad) de los casos de anafilaxia, y se estima que, en España, en torno a 20 personas pueden morir cada año como consecuencia de este problema: un problema serio, por tanto.

Las abejas y las avispas pertenecen al orden de los himenópteros, que es uno de los mayores órdenes de insectos (comprendiendo nada menos que unas 200.000 especies), en el que se incluyen las hormigas, las abejas y las avispas. El nombre de himenópteros se refiere a sus alas membranosas (del griego hymen, membrana, y pteros, ala), alas que, en el caso de las hormigas, sólo conservan las castas reproductoras, es decir, las reinas y los machos.

Algunos de estos insectos tienen un marcado carácter social: las hormigas y las abejas son claros ejemplos de ello, pero también algunas avispas. Viven en colonias, en las que, para cada especie, existen castas con morfología y funciones muy claramente diferenciadas: la reina es el único individuo de la colonia capaz de reproducirse; el resto de las hembras se dedican a tareas diversas, entre las que se encuentra la recolección de comida, recibiendo por ello el nombre de obreras; a diferencia de los machos, que no suelen participar de estos quehaceres. Precisamente por esta forma de estructurarse en sociedad, estas especies se engloban en el concepto de himenópteros sociales.

Si tienes curiosidad por conocer mejor a estos curiosos animales y conseguir información sobre la alergia al veneno de abejas y avispas, incluyendo su diagnóstico y tratamiento, existe un recurso en internet muy recomendable: se llama, precisamente, Alergia al veneno de abejas y avispas (himenópteros), e incluye datos tanto médicos como zoológicos (es decir, entomológicos).

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El Príncipe y la Anafilaxia

Continuando con el relato de ayer, hoy hemos titulado nuestra entrada “El príncipe y la anafilaxia“.  No vamos, sin embargo, a referirnos al Príncipe de Asturias, sino al príncipe Alberto I de Mónaco que vivió entre 1848 y 1922, quien, al parecer, jugó un papel significativo en el descubrimiento y descripción del fenómeno de la anafilaxia.

La anafilaxia es una reacción alérgica grave, potencialmente mortal, y de instauración rápida. Sus síntomas, que pueden afectar a distintos órganos o sistemas (la piel, el aparato respiratorio, el cardiovascular o el digestivo, fundamentalmente), suelen aparecer en un breve plazo tras el contacto con el alérgeno.

En 1913, el médico y fisiólogo francés Charles R. Richet recibió el premio Nobel de Medicina por sus investigaciones sobre la anafilaxia. Él fue quien propuso el término para designar la reacción de sensibilidad desarrollada por un organismo vivo tras recibir una inyección de una sustancia proteica o una toxina.

En realidad, en periodos anteriores de su carrera, las investigaciones de Richet iban por otros derroteros. Pero, en el verano de 1901, fue invitado por el príncipe Alberto I de Mónaco, el cual tenía gran interés por la oceanografía, a un crucero por el Atlántico junto con el zoólogo Paul Jules Portier. El príncipe Alberto encargó a los científicos que buscaran algún remedio contra las indeseables picaduras de las medusas (Physalia physalis) que perturbaban sus baños en el mar.

Richet y Portier se sintieron suficientemente estimulados para poner manos a la obra, a pesar de que, de regreso a París, no les resultaba posible obtener para sus investigaciones las medusas marinas que interesaban al príncipe. Por ello, optaron por trabajar con anémonas (ortigas de mar), cuyos tentáculos también albergan veneno. Su hipótesis de trabajo era que la administración a animales de experimentación de cantidades no mortales del veneno induciría en éstos una protección (phylaxis). Por el contrario, lo que encontraron fue que, tras una primera administración de cantidades pequeñas, la misma cantidad administrada posteriormente (incluso semanas después) podía llegar a producir la muerte del animal. Es decir, exactamente lo contrario de la protección que esperaban: anaphylaxis.

Así se escribe la ciencia: trabajas con una hipótesis, y tus experimentos pueden demostrarte que la realidad es justo al contrario de como pensabas.

Podríamos decir que, en este caso, el príncipe actuó como mecenas o patrocinador, orientando la investigación de los científicos en función de sus intereses. Lo que ellos encontraron no fue lo que él esperaba… pero fue un descubrimiento digno de un premio Nobel.

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