Todas las entradas de: José Luis de la Fuente

La Alergia del Rey


Hoy hemos conocido en España la noticia de la abdicación del Rey Juan Carlos I. Como era de esperar, la relevancia de la noticia ha hecho que el propio Rey, y la Monarquía como institución, se convirtieran en tema de conversación de casi todo el mundo, y que los medios de comunicación (¡incluso los impresos!) se apresurasen a emitir programas monográficos o a sacar ediciones especiales.

Por ello, en nuestra entrada de hoy no queremos permanecer del todo ajenos a la noticia del día.

Hablemos, entonces, de la alergia del Rey; o, por decirlo de un modo más preciso, de las alergias de los reyes: de algunos reyes de quienes hemos sabido, por fuentes diversas (y, lamentablemente, hemos de decirlo, no siempre confirmadas sin margen de duda), que padecieron alguna alergia, y que ésta fue relevante en su biografía.

Comencemos por el faraón egipcio Menes, de quien sabemos que falleció en 2.621 a.C. como consecuencia de una reacción frente a la picadura de una abeja: aunque no es la única versión divulgada sobre su muerte, así lo relatan los jeroglíficos encontrados junto a su tumba, y, por ese motivo, ha pasado a la historia como el primer caso constatado de anafilaxia.

En el antiguo Imperio Romano, Britannicus (Tiberius Claudius Caesar), hijo mayor del emperador Claudio y, por tanto, su sucesor legal, solía desarrollar una erupción cutánea y comenzar con lagrimeo intenso cada vez que se subía a un caballo. No es descabellado deducir que padecía una alergia a estos animales, y ese padecimiento le convertía, según cuentan cronistas de su época, en un jinete patético. Por otra parte, incluso su propio padre consideraba que esta circunstancia era un signo de debilidad, y ello contribuyó a que Nerón (Nero Claudius Caesar), hijo adoptivo de Claudio, fuese preferido por éste frente a su propio hijo para las actividades que requiriesen montar a caballo. Con el tiempo, Nerón terminó sustituyendo a Britannicus en la sucesión de su padre.

Diversas fuentes indican que el rey Ricardo III de Inglaterra (1452-1485) padecía una alergia alimentaria. William Shakespeare, en su obra El Rey Ricardo III, le atribuye una alergia a “frutillas”, que se le manifestaba como erupción cutánea (lesiones cutáneas rojas y elevadas) cuando las comía. Tomás Moro identificó ese alimento con las fresas. Y se cuenta que Ricardo III utilizó su propia alergia (antes de convertirse en rey) para desembarazarse de un enemigo político. Según dicho relato, Ricardo se citó con Lord William Hastings, a quien consideraba un rival poderoso, y antes de la reunión estuvo comiendo fresas. En el transcurso de la conversación, Ricardo III comenzó a presentar la inevitable reacción, en forma de hinchazón y erupción cutánea, y culpó a Hastings de la misma, acusándole de brujería, lo cual tuvo como consecuencia la detención y ejecución de éste. Menuda locura: suponiendo que la historia sea verdadera, lo cual nos permitimos dudar, Ricardo III estuvo a punto de que su intento de crimen perfecto le costara la propia vida, pues un cuadro de anafilaxia es un proceso de extrema gravedad y de riesgo vital, incluso hoy, con los tratamientos disponibles.

Retrocedamos en el tiempo para referirnos a otro presunto temerario cuya supuesta osadía le ha valido también un hueco en la historia de la Alergología: se trata de Mitrídates VI (132-63 a.C.), Rey del Ponto y de Armenia, en cuya época era habitual el envenenamiento como método de magnicidio (es decir, para asesinar a los gobernantes). Conocedor de esa circunstancia, Mitrídates fue tomando dosis progresivamente crecientes de veneno, hasta que se hizo teóricamente tolerante a la sustancia, y siempre estuvo convencido de que esa circunstancia le salvó la vida (al parecer, sobrevivió a un mínimo de dos intentos de asesinato). Obviamente, en su proceso no intervino el sistema inmunológico, pero muchos han querido entenderlo como una idea similar a la de la actual inmunoterapia (las “vacunas” de la alergia), considerándolo un antecedente de las mismas.

mitridates

El cigarrillo electrónico y el asma

Directamente en relación con nuestra entrada de ayer, y tal como hemos divulgado desde nuestra cuenta de Twitter (@Alergologos), esta tarde se ha celebrado en el Aula de Grado de la Facultad de Ciencias de la Salud de la Universidad de Málaga una Jornada de Concienciación previa al Día Mundial sin Tabaco.

La Jornada ha sido organizada por las sociedades científicas ASANEC (Asociación Andaluza de Enfermería Comunitaria), SEMERGEN-ap (Sociedad Española de Médicos de Atención Primaria) y NEUMOSUR (Asociación de Neumología y Cirugía Torácica del Sur),  y ha contado con colaboración de la propia Universidad de Málaga y del Ayuntamiento de Málaga:

cartel Tabaco

Entre los temas que se han abordado han destacado dos: por un lado, el Plan Integral de Tabaquismo de Andalucía, que integra el conjunto de medidas puestas en marcha por el gobierno andaluz para prevenir el tabaquismo y disminuir su prevalencia y sus consecuencias, y del cual hablaremos en una futura entrada; por otro lado, los cigarrillos electrónicos, a los que queremos dedicar unos párrafos hoy.

Los cigarrillos electrónicos son dispositivos cuya popularidad está creciendo de forma exponencial como alternativa al hábito tabáquico tradicional, y sobre los cuales la población tiene una percepción de inocuidad que no está justificada: no está justificada porque, como insistentemente nos recuerdan los especialistas, no podemos tener certeza de que no sean nocivos.

Un cigarrillo electrónico es un sistema electrónico inhalador diseñado y comercializado para simular y sustituir el consumo de tabaco. El funcionamiento de estos dispositivos consiste en calentar y vaporizar una solución líquida, que puede liberar nicotina u otras sustancias, lo cual permite una amplia diversidad de aromas: esencias de menta, vainilla, manzana, …

La popularidad creciente de estos dispositivos ha hecho que se hayan acuñado y difundido vocablos que, sin haber sido (todavía) aceptados por la Real Academia Española de la Lengua, ya forman parte del lenguaje común: vapear y vapeo hacen referencia, respectivamente, a la acción (vapear) y a la acción y efecto (vapeo) de inhalar los vapores que producen estos artilugios.

La Organización Mundial de la Salud alerta de que los cigarrillos electrónicos suelen contener sustancias que se comportan como irritantes de las vías respiratorias, como el glicol de propileno, además de que pueden incluir otras sustancias que son habituales en los cigarrillos convencionales. Por este motivo, es de lógica asumir que los cigarrillos electrónicos podrían ser nocivos para los pacientes asmáticos. Aunque, en medicina, como ya hemos comentado previamente, por muy lógica que pueda parecer una aseveración, no puede aceptarse como cierta hasta que se ha comprobado: y, en ese sentido, nos faltan trabajos de investigación que confirman o desmientan que ese daño, efectivamente, se produce. Nos falta lo que llamamos «evidencia científica», si bien es razonable asumir que esa evidencia nos falta porque el mecanismo es todavía relativamente reciente, y no hemos tenido tiempo de estudiarlo en profundidad.

Sabemos, a pesar de lo anterior, que existe el «vapeo pasivo«, es decir, que quienes no hacen uso directo del dispositivo pueden verse afectados por los vapores emitidos si están cerca de alguien que lo utilice. Por ello, y aunque en general se acepta que su toxicidad parece inferior a la de los cigarrillos convencionales, las sociedades científicas recomiendan evitar su uso en la proximidad de niños o personas asmáticas (incluso proponen prohibirlos en espacios públicos cerrados) hasta que ese aspecto quede definitivamente aclarado.