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Alergia a las mascotas: Supongamos que el animal no se marcha.

Garfield es un gato socarrón y egoísta, protagonista de la tira cómica del mismo nombre creada por el autor norteamericano Jim Davis. La tira comenzó a publicarse en Estados Unidos el 19 de junio de 1998, y aún continúa en la actualidad en numerosos periódicos de múltiples países, girando siempre en torno a la forma de comportarse de este gato, cuya única aspiración en la vida es la de proporcionarse a sí mismo la mayor cantidad posible de placeres, priorizando la satisfacción de su glotonería.

En la entrega correspondiente al 24 de marzo de este mismo año 2014, Jim Davis abordó en su tira la alergia a las mascotas:

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En primer lugar, queremos recordar que la alergia a las mascotas, aún cuando se trata de mamíferos, no está principalmente relacionada con los pelos del animal (aunque la creencia popular así lo asume), sino que suelen dar más problemas alérgenos presentes en secreciones de las glándulas sebáceas de la piel, que se ven transportados por partículas de caspa o fragmentos de epitelio desprendidos, en la saliva o incluso en la orina.

Pero hemos sacado a colación esta tira precisamente para reflexionar sobre la situación cómica que el autor plantea: Garfield se siente incluso con más derecho a permanecer en la casa que su propio dueño, por lo que, en caso de que tuvieran que separarse, el único escenario que contempla es que el humano tuviera que marcharse.

En la práctica, cuando se diagnostica una alergia a la mascota, no suele ser fácil conseguir que el animal salga de la casa. Como en cualquier tipo de alergia, una de las principales medidas para el tratamiento de la alergia a las mascotas es la evitación del alérgeno, que en este caso implica deshacerse del animal, y eso, con frecuencia, constituye un problema importante: la mascota (especialmente si se trata de un perro o un gato) puede estar tan integrada en la familia que es considerado, literalmente, un miembro más de la misma, y los lazos afectivos con el animal son tan fuertes que la mera perspectiva de desembarazarse de él crea un sufrimiento importante en el seno familiar.

Por ello, y aún dejando claro que nuestra principal recomendación es buscar al animal un hogar diferente, respecto del cual todos los miembros de la familia tengan la certeza y la tranquilidad de que se le proporcionarán los cuidados necesarios para su felicidad,  procederemos a ver de qué forma pueden disminuirse las consecuencias que su presencia tiene para la persona alérgica, mientras ese momento llega.

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En primer lugar, recordemos que, si bien hay razas de perros o gatos que pueden tener mayor potencial alergénico (por tener, por ejemplo, más tendencia a producir secreción sebácea), no existe ninguna raza que sea completamente hipoalergénica. El mito de las razas completamente hipoalergénicas es un mito nocivo, pues puede conducir a las personas alérgicas a minimizar la importancia de su mascota como causa de posibles exacerbaciones de su enfermedad.

Es importante también recordar que, aunque todavía no se conocen todos los alérgenos responsables de la alergia a mascotas, sabemos que varios de ellos pertenecen a una familia de proteínas que reciben el nombre de lipocalinas y que se comportan como feromonas, y su producción es más frecuente en los machos, en los que se pueden producir de forma continuada, mientras que en las hembras se producen sólo durante la época de celo. Lamentablemente, estas proteínas no son las únicas que producen alergia, pero, cuando son ellas las causantes del problema, generalmente las hembras son (por el motivo referido) menos alergénicas que los machos. E, igualmente, cuando el problema son las lipocalinas (y sólo en tal caso), los machos castrados pueden ser incluso más hipoalergénicos que las hembras.

Como siempre en cuestión de alergias, debe imperar el sentido común. El contacto con el alérgeno puede ser directo (por contacto directamente con el animal) o indirecto (a partir de personas u objetos que han estado previamente en contacto con el animal, o bien por respirar los alérgenos presentes en el aire). Deben tomarse precauciones para evitar, o, al menos, minimizar, ambos tipos de contacto.

En primer lugar, la persona alérgica debe evitar, en lo posible, el contacto directo con el animal, así como la proximidad al lugar donde éste deposita su orina o sus excrementos: en el caso de los perros, es menos frecuente que de forma habitual lo hagan dentro de casa; en el caso de los gatos, sin embargo, no es raro que tengan para ello un cajón de arena o similar, que, si existe, debería ubicarse en un lugar bien ventilado y alejado de la zona donde suele estar la persona alérgica (y, por supuesto, lavarse con frecuencia, aunque esta tarea debería recaer en otro miembro de la familia que no sea alérgico).

La persona alérgica debe evitar cepillar el pelo del animal, y, por supuesto, dormir con él o recibir lametones. De hecho, es importante que el animal no entre al dormitorio de esta persona, ni siquiera cuando ella no esté dentro: debería convertirse un territorio prohibido para la mascota, pues entre esas cuatro paredes la persona alérgica está respirando un número importante de horas al día. Este dormitorio debe estar bien ventilado y, si es posible, bien separado de las zonas donde el perro o gato suele estar para evitar en lo posible que el aire de su interior esté muy cargado de alérgenos.

Lo preferible sería acomodar al animal fuera de la casa: en el patio o jardin, si la casa tiene, y evitar en lo posible que entre en la vivienda.

Para evitar el contacto indirecto, los otros convivientes deben lavarse las manos cuando acaricien o jueguen con el animal. A la hora de cepillarle el pelo, la persona que lo haga debería hacerlo en el exterior.

Además, es conveniente que el animal se lave frecuentemente, con agua y jabón, pues de esa forma se ayuda a que se desprendan de su piel las escamas o pelos que puedan estar allí semiadheridos. Pero el lavado periódico de la mascota debe hacerlo, preferiblemente, otra persona, alguien que no sea alérgico.

Un tema sobre el que hay opiniones diversas es el de la frecuencia adecuada para el baño. Una cadencia adecuada puede ser una vez a la semana. Hay evidencia reciente de que bañando al animal una vez cada semana se puede reducir la cantidad de alérgenos que se distribuyen en el ambiente. Sin embargo, algunos veterinarios dicen que los lavados tan frecuentes pueden hacer que la superficie cutánea del animal pierda su manto lipídico con los lavados frecuentes, y se reseca, lo cual podría tener como consecuencia, a largo plazo, una mayor descamación.

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Precisamente por ese motivo, se han comercializado productos en forma de loción que, al ser aplicados en la piel del animal mediante un paño humedecido, limpian por arrastre las partículas y restos de suciedad de la superficie, incluyendo aquellos que pueden actuar como alérgenos tales como escamas de epitelio, restos de saliva (no olvidemos que estos animales frecuentemente se lamen la piel en las zonas a las que llegan con la lengua) y orina, etc. Cualquier medida orientada a limpiar la piel del animal de posible suciedad que se comporte como alergénica es bienvenida, y si además favorece la hidratación de la piel ayudará a contrarrestar la sequedad que pueda derivar de los baños. Pero, en cualquier caso, no deben sustituir a los baños frecuentes.

Es importante que el suelo de la casa sea fácil de limpiar. Es preferible evitar las moquetas y las alfombras, pues en ellas se acumulan pelos y partículas de epitelio, aún cuando se aspiren frecuentemente: un suelo de baldosas, o de parquet, tiene muchas menos posibilidades de convertirse en fuente permanente de alérgenos.

Por el mismo motivo, la tapicería de los muebles es mejor que no tenga pelo: el cuero es mucho mejor material, a estos efectos, que la tela, pues no sólo acumula menos partículas sino que, además, resulta más fácil de limpiar, con productos específicos. Si ya tienes un sofá de tela, y no quieres cambiarlo, existen fundas lavables que cubren por completo su superficie y pueden cambiarse periódicamente. Lo mismo ocurre respecto a los cojines, los cuales también deberían meterse en fundas lavables impermeables.

Para la limpieza de suelos, mejor una aspiradora con un filtro de alta eficiencia (un filtro HEPA, cuyo nombre viene de la expresión inglesa «High Efficiency Particle Arresting», puede ser adecuado). Y para la limpieza de muebles, mejor un paño húmedo, que se impregne y fije el polvo, que un paño seco o un plumero.

El uso de un purificador de aire también puede contribuir a disminuir la carga alergénica del domicilio, especialmente si tiene un filtro del tipo descrito, pero su adquisición y funcionamiento (son aparatos eléctricos) supone un desembolso que dejaría de estar justificado si antes no se han adoptado las medidas reseñadas más arriba.

Finalmente, debemos comentar la opción de la inmunoterapia (las llamadas «vacunas» para la alergia). Debido a que las alergias a mascotas generalmente dejan de dar problemas (al menos, de forma continuada) cuando el enfermo deja de convivir con animales, los alergólogos solemos recomendar, cuando el problema se diagnostica, buscar alguna alternativa para que el animal deje de estar en la casa. Existen, en efecto, vacunas comercializadas para el tratamiento de algunas alergias a animales, y ya hay estudios que demuestran que constituyen una alternativa válida de tratamiento; pero, hasta el momento, su eficacia no es óptima en todos los casos, y no está exenta de molestias ni de riesgos. Por ello, sólo se considera su empleo en casos en que, por la circunstancia que sea, no ha resultado posible desembarazarse del animal, y las medidas higiénicas y de control ambiental aquí descritas, junto con el tratamiento farmacológico adecuado, no logran controlar los síntomas.

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Contaminación cruzada.

En el ámbito de la manipulación de alimentos, con carácter general, la contaminación cruzada es el proceso por el cual los alimentos entran en contacto con sustancias ajenas a los mismos, generalmente nocivas para la salud. Un ejemplo típico es el del alimento que se contamina al entrar en contacto con sustancias o elementos que contienen gérmenes potencialmente dañinos. Cuando hablamos de alergias o intolerancias, no obstante (que es lo que aquí nos ocupa), el concepto de contaminación cruzada es más restrictivo: en este ámbito, la contaminación cruzada es el fenómeno por el cual un alimento exento de riesgos para una persona alérgica o intolerante se contamina involuntariamente con el alérgeno o la sustancia que esa persona no tolera; de tal forma, lo que en condiciones normales es un alimento inocuo para esa persona adquiere potencial dañino por causa de esa contaminación indeseada, que la mayor parte de las veces pasa inadvertida.

La contaminación cruzada puede ocurrir en el proceso de fabricación, distribución o manipulación del alimento antes de que llegue al consumidor final, o puede ocurrir durante la preparación del alimento en el propio domicilio de la persona alérgica o intolerante.

Cuando se trata de productos industriales, según la normativa vigente (el Real Decreto 1245/2008), la etiqueta del producto debe dejar constancia de la presencia de cualquier cantidad (por pequeña que sea) de los 14 alimentos considerados en Europa como principales alérgenos, que son los siguientes:

– Cereales con gluten y derivados de los mismos.

– Crustáceos y productos elaborados a base de crustáceos.

– Huevos y productos a base de huevos.

– Pescado y productos a base de pescado.

– Cacahuetes y productos a base de cacachuetes.

– Soja y productos a base de soja.

– Leche y sus derivados (incluida la lactosa).

– Frutos de cáscara (es decir, almendras, avellanas, nueces, anacardos, castañas, pistachos).

– Apio y productos derivados.

– Mostaza y productos derivados.

– Granos de sésamo y productos elaborados a base de granos de sésamo.

– Dióxido de azufre y sulfitos en concentraciones superiores a 10 mg/kg.

– Altramuces y productos a base de altramuces.

– Moluscos y productos a base de moluscos.

Sin embargo, esta obligatoriedad de declaración de alérgenos se refiere a los ingredientes voluntariamente introducidos en el alimento. La cuestión con las trazas es bien distinta,  pues la presencia de trazas o contaminación cruzada no es de obligada declaración en la etiqueta: a lo que los fabricantes sí están obligados es a adoptar una serie de medidas para evitar tal contaminación en los alimentos en los que no se declara su presencia. No obstante, muchos fabricantes sí declaran en el envase del producto la presencia de trazas o de contaminación cruzada, aunque con frecuencia lo hagan en términos de posibilidad, como señalábamos en nuestra entrada inmediatamente anterior.

Existen una serie de medidas a tener en cuenta en el hogar de la persona alérgica o intolerante, a la hora de preparar, manipular o incluso consumir los alimentos, para evitar la contaminación cruzada. Señalaremos como ejemplo una serie de precauciones a adoptar cuando se trata de evitar la contaminación por gluten, que puede servir de modelo para otros casos.

La contaminación cruzada puede ser directa o indirecta.

En el primer caso (contaminación cruzada directa), el alimento a evitar entra directamente en contacto con el alimento que va a consumir la persona alérgica o intolerante. En el caso del gluten, un ejemplo sería servir en una misma panera rebanadas de pan con gluten y rebanadas de pan sin gluten, asumiendo que cada comensal sabrá distinguir cuáles son las que puede, o no, comer. Éste es un ejemplo un poco extremo que, en la práctica, no es frecuente: por poco informada que esté la familia, el desconocimiento no suele ser tan grande como para ignorar que unos y otros alimentos no deben ponerse en contacto entre sí.

Por ello, la modalidad de contaminación cruzada más frecuente en el hogar es la indirecta, es decir, cuando intervienen instrumentos o utensilios (tostadora, recipientes, cubiertos, …) que entran primero en contacto con el alimento a evitar y posteriormente con el alimento que va a consumir la persona alérgica o intolerante.

Los consejos para evitar la contaminación cruzada en el hogar no pueden olvidar el riesgo de contaminación cruzada indirecta, pues es la menos obvia y la que más facilmente puede pasar desapercibida.

Hay que prestar especial atención a la limpieza de los utensilios de cocina que van a utilizarse: aunque generalmente no es necesario comprar o tener utensilios de uso exclusivo para la persona alérgica o celíaca, antes de usarlos es necesario asegurarse bien de que han sido adecuadamente lavados (y a veces puede resultar procedente destinar algunos en concreto al uso habitual y exclusivo de tales miembros de la familia).

Por supuesto, hay que evitar usar el mismo aceite que se ha utilizado previamente para freir productos que contengan gluten o el alérgeno en cuestión (si se usa freidora, debe haber una para productos sin gluten y otra para productos con gluten).

En el caso de la celiaquía, generalmente no hay que evitar la entrada de gluten en la casa, pero no es una precaución excesiva almacenar los productos del celíaco en un lugar diferente a los del resto. Cuando el problema es una alergia alimentaria mediada por IgE, con riesgo de reacción grave, lo ideal sería poder evitar en casa el alérgeno problema. Eso, obviamente, es difícil cuando se trata de alimentos muy habituales, como la leche o los huevos. En otros casos, sin embargo, las razones para intentarlo son difícilmente eludibles, pues incluso la mera exposición a vapor de cocción de ciertos alimentos cuyas proteínas se volatilizan fácilmente, como pescados o mariscos, pueden tener consecuencias importantes.

En el caso de las tostadoras, sería ideal tener una exclusivamente para el pan libre de gluten. Si no resulta posible, al menos hay que procurar que esté siempre impoluta antes de introducir en ella el pan del celíaco.

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Es aconsejable también disponer de tarros de mantequilla o mermelada exclusivos para utilizar con el pan sin gluten, pues de lo contrario, cada vez que alguien reintroduce el cuchillo en estos recipientes tras haber untado un pan con gluten, puede acarrear migas de pan que, aún minúsculas, den lugar a una contaminación cruzada.

En definitiva, ninguna precaución es excesiva, si con ella podemos evitar que el alimento que ponemos en nuestra mesa se convierta en veneno para uno de nuestros seres queridos.