Archivo por meses: junio 2014

Fiebre del heno

Se ha popularizado la expresión “fiebre del heno” para referirse a la rinitis o rinoconjuntivitis producida por alergia al polen. La explicación es que hasta la segunda mitad del siglo XIX nuestros antepasados anduvieron un poco despistados respecto al conocimiento de la causa de la rinitis alérgica estacional.

La primera asociación que se estableció entre la rinitis estacional y el reino vegetal apuntó a las rosas: se hablaba de “catarro de las rosas“.

En 1819, el doctor John Bostock expuso sus conclusiones sobre esta enfermedad en una conferencia en la Real Sociedad Médica de Londres. En sus investigaciones, Bostock llegó a encontrar ¡18 casos en toda Inglaterra!, y llamó al padecimiento Catharrus aestivus (es decir, catarro de verano), pues en Inglaterra, por su latitud norte, la polinización sucede un poco más tarde que en España. Pero Bostock no llegó a relacionarlo con las plantas: él pensaba que la enfermedad se debía a los factores ambientales que percibía como propios del verano, es decir, la luz solar (más intensa que en otras épocas) y el aire caliente, junto con el hábito de realizar ejercicio físico, para lo cual, al parecer, también asumía mayor facilidad en esta estación.

Posteriormente, la enfermedad recibió el nombre de fiebre del heno (“hay fever“, en inglés), pues se pensaba que estaba causada por los efluvios del heno fresco recién cortado.

Fue, como hemos adelantado, en la segunda mitad del siglo XIX cuando Charles Harrison Blackey demostró que la verdadera causa de la fiebre del heno era el polen: en 1873 este autor publicó su obra “Experimental Researches on the Causes and Nature of Catharrus aestivus” (“Investigaciones Experimentales sobre las Causas y Naturaleza del Catarro de Verano“), que en la actualidad se considera una de las obras clave de la historia de la Alergología.

Desde entonces, sabemos que el polen es el causante de la rinitis alérgica estacional, pero, paradójicamente, ha seguido utilizándose la expresión “fiebre del heno” para nombrarla, incluso en el argot médico. Una denominación claramente inadecuada, pues ni la rinitis alérgica cursa, en condiciones normales, con fiebre, ni el heno tiene culpa alguna en su origen; y ya hemos comentado previamente cuán importante es la precisión en el lenguaje científico, y cómo debemos huir de todo aquéllo que pueda causar confusión.

Congruentemente con esto último, la Real Academia Nacional de Medicina, en su Dicicionario de Términos Médicos, desaconseja su uso por considerarlo confuso. A pesar de lo cual, es probable que sigamos encontrando esa expresión, pues la humanidad lleva casi dos siglos utilizándola. Y es importante, entonces, recordar que la fiebre del heno es el nombre que se da a una enfermedad (la rinitis alérgica estacional producida por pólenes) que ni cursa con fiebre, ni tiene nada que ver con el heno.

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Pero… ¿qué bicho te ha picado?

El Diccionario de la Lengua de la Real Academia Española recoge el término «bicho» como un vocablo utilizado para referirse de forma despectiva a cualquier animal.

«Pero… ¿qué bicho te ha picado?» es una frase hecha que se emplea para manifestar a otra persona perplejidad ante un comportamiento inusual que, por cualquier circunstancia,  nos parece impropio de él o de ella. En esta entrada, sin embargo, queremos traer esa frase a colación en su sentido literal: es decir, ¿como podemos saber si una picadura de himenóptero se debe a una abeja o a una avispa?

Si hemos podido ver al animal, y lo identificamos, la pregunta resulta superflua. Pero en algunas ocasiones, o bien no hemos podido verlo, o la víctima es un niño pequeño incapaz de describirlo. En tales casos, resulta útil saber que las abejas dejan su aguijón clavado en la piel.

El aguijón de la abeja, situado justo en la parte trasera del animal (¿has oído alguna vez la expresión «tener la gracia donde las abejas«?: se refiere, precisamente, a eso), tiene una estructura tal que, a semajanza de los anzuelos o arpones, cuando penetra en la piel queda enganchado y no sale espontáneamente. La abeja huirá después de haberlo clavado, pero la fuerza de su vuelo no es suficiente para arrancar el aguijón, y su cuerpo se verá desgarrado, dejando tras de sí una parte de su tubo digestivo, músculos y nervios. Como consecuencia de ello, la abeja morirá apenas unos minutos después de haber picado. En ésto se diferencian de las avispas, cuyo aguijón es retráctil y entra y sale fácilmente, por lo que pueden picar varias veces.

La bolsa que contiene el veneno de la abeja queda pegada al aguijón, y dispone de un mecanismo especial que permite que siga bombeando veneno en la herida hasta que este último es extraído. Por este motivo, ante una picadura de abeja, es importante retirar el aguijón lo antes posible. Lo ideal sería poder hacerlo sin comprimir la bolsa de veneno. Si tienes una uña larga, esa podría ser una herramienta adecuada, y la forma de hacerlo consiste en pasar la uña a través de la zona de la picadura, presionando para arrastrar el aguijón en la misma dirección del movimiento sin apretar el saco de veneno. Si no tienes una uña larga, un objeto que presenta una superficie plana y suficientemente rígida puede ser una tarjeta de crédito o el carnet de identidad (convenientemente plastificado), y el mecanismo es el mismo: deslizar la superficie sobre la zona de la picadura, arrastrando el aguijón en la dirección del movimiento.

En cualquier caso, hoy sabemos que, si se carece de un instrumento óptimo, es preferible utilizar directamente los dedos, puesto que lo importante es sacar cuanto antes el aguijón: incluso si inevitablemente presionamos de forma momentánea la bolsa, entrará menos veneno que el que podría entrar si no la retiramos con diligencia.

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