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Contaminación biótica del aire

La expresión contaminación biótica del aire hace referencia al conjunto de sustancias de origen biológico que están presentes en el aire atmosférico y pueden constituir un riesgo para la salud de las personas o de los animales.

Con carácter general, en ese concepto se incluyen microorganismos (gérmenes como virus, bacterias, hongos, protozoos, …) que pueden producir enfermedades infecciosas. Pero también se incluyen estructuras procedentes de animales o vegetales o de sus productos: pelos o pequeñas escamas de piel, fragmentos diminutos del cuerpo de los insectos u otros artrópodos, o de sus heces, o, por supuesto, el polen de determinadas plantas. Cualquiera de estos últimos puede comportarse como alérgeno y desencadenar una respuesta alérgica en las personas sensibles (el término técnico es “sensibilizadas”) que, sin saberlo, se exponen a inhalarlos; aún cuando resulten inocuos para la generalidad de la población.

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Quizás porque, desde el punto de vista de la salubridad, y a diferencia de la mayoría de los contaminantes químicos, estos contaminantes biológicos que actúan como alérgenos no causan daño a cualquier persona expuesta, sino únicamente a un grupo susceptible, su presencia en el aire que respiramos resulta menos preocupante para las instituciones responsables de velar por nuestra salud, hasta el punto de que incluso con frecuencia su propia medición (su identificación y cuantificación) se descuida o se deja en manos de investigadores o sociedades científicas que pueden permitirse dedicar recursos propios a su conocimiento.

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Contaminación atmosférica

La expresión contaminación atmosférica es la que utilizamos para referirnos a la presencia en el aire de materias o formas de energía que impliquen efectos nocivos (riesgo, daño o molestia grave) para las personas y bienes de cualquier naturaleza. Se incluyen en este concepto, entonces, todas las sustancias (vivas o inertes) o formas de energía (radiaciones, ruido, …) que puedan resultar perniciosas para la salud de personas o animales, o atacar a distintos materiales, reducir la visibilidad o producir olores desagradables.

El nombre de contaminación atmosférica suele reservarse, entonces, por lo general, a las alteraciones del ambiente que tienen efectos perjudiciales para los seres vivos y los elementos materiales, pero no suelen aplicarse a otras alteraciones (elementos químicos o de otro tipo) que resulten inocuas.

Los principales mecanismos de contaminación atmosférica derivada de la actuación humana son procesos artificiales que implican combustión, ya sea en industrias o en vehículos de motor o aparatos domésticos, que generan gases como dióxido y monóxido de carbono, óxidos de nitrógeno y azufre, entre otros. Hay también industrias que emiten otros gases tóxicos en sus procesos productivos, como cloro o hidrocarburos.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha hecho público recientemente un informe sobre las consecuencias de respirar aire contaminado, donde se ofrecen datos alarmantes: se relaciona la exposición a la polución con siete millones de muertes sólo durante el año 2012, pues está implicada en la génesis o evolución de múltiples enfermedades, como infecciones respiratorias, enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC), enfermedades cardiovasculares (infartos o ictus, especialmente) y cáncer. La cifra mencionada duplica estimaciones anteriores, supone nada menos que una de cada ocho muertes en todo el mundo, y permite concluir que la contaminación es el factor de riesgo ambiental que, por sí solo, más aumenta los riesgos para la salud.

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Se ha observado que las exacerbaciones del asma bronquial pueden desencadenarse por diferentes contaminantes ambientales, y que la respuesta que las personas sensibilizadas muestran frente a los alérgenos presentes en el aire respirado se incrementa en los lugares contaminados. Se ha comprobado también, en relación con lo anterior, que el riesgo de exacerbación asmática se incrementa cuando, en la estación polínica, los pólenes actúan junto con partículas contaminantes de pequeño tamaño (menores de 10 micrómetros de diámetro) presentes en la atmósfera.

Como conclusión de lo referido, podemos aseverar que, si la contaminación es un factor de riesgo ambiental con un significativo potencial nocivo para la salud, las personas alérgicas tienen incluso más motivo para temerle que el resto de la población.