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Jugando con las palabras: el origen de «anafilaxia»

La palabra anafilaxia fue acuñada inicialmente en francés (Anaphylaxie) en 1902 por el fisiólogo Charles R. Richet (1850-1935), galardonado con el Premio Nobel de Medicina en 1913, y su colega de la misma nacionalidad Paul J. Portier. Ellos compusieron el término a partir de un prefijo, Ana-, y un sufijo, -phylaxis, ambos de origen griego.

Aunque el prefijo de origen griego Ana- puede tener diversos significados, parece que  los mencionados Richet y Portier lo eligieron por su acepción de «contra, contrario o retroceder»,  pues, al yuxtaponerse al sufijo -phylaxis, que significa «guardián, protector o cuidador» (del verbo «phylassein«: cuidar o proteger), le atribuye el significado de «contrario a la protección». Es decir, identifica una situación en la que el sistema inmunitario, cuya función es la de protegernos frente a agentes dañinos, por una reacción anómala y desproporcionada, causa un efecto radicalmente opuesto al deseable: da lugar a un problema grave,  poniendo en riesgo incluso la propia vida del enfermo.

Conviene mencionar también que el prefijo Ana-, en ocasiones, también se emplea en el sentido de «intensificar algo», con la acepción de «por completo» o «total», por lo que algunos autores o textos (entre ellos, el Diccionario de Términos Médicos de la Real Academia Nacional de Medicina) entienden que el significado etimológico de la palabra haría referencia a esa reacción tan intensa, tan extrema, tan exagerada del sistema inmunitario en su función de defensa.  Nos parece más plausible, sin embargo, la hipótesis antes aludida de que sus creadores construyeron el término como una referencia a esa reacción inversa a la esperada, con efectos contrarios a la protección que el sistema inmunitario debería garantizar.

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Si hay alergia a alimentos en casa, cuidado con lo que comen las mascotas

Una vez que se ha diagnosticado una alergia, el sentido común debe imperar a la hora de evitar el contacto con el alérgeno que causa problemas: evitar (o, si eso no resulta posible, minimizar) el contacto con el alérgeno responsable es una de las principales medidas a adoptar para encontrarse libre de síntomas, o, al menos, conseguir el mejor control posible de los mismos. Hay, por supuesto, alérgenos que son más fáciles de evitar (como los alimentos fácilmente identificables, aunque a veces privarse de ellos implique un sacrificio importante), y otros que, transportados por el aire e invisibles debido a su tamaño microscópico (como es el caso de los pólenes), no siempre pueden ser evitados.

Pero puede ocurrir que, si una persona alérgica a algún alimento se priva del mismo, el hecho de que su mascota lo coma podría tener consecuencias indeseables: si la saliva del animal, con restos del alimento que causa problemas, entra en contacto con las mucosas de la persona alérgica, podría desencadenarse una reacción alérgica de gravedad variable.

Este riesgo es mayor cuando la mascota es un perro, pues son propensos a manifestar efusivamente su afecto mediante lametones en cualquier parte del cuerpo de su dueño, como la cara: incluso en los labios o los ojos si los alcanzan. A quien nunca haya tenido un perro, probablemente esta situación le parecerá escasamente probable, pues entenderá que esa forma de contacto debería resultar fácilmente evitable; pero quienes conviven con alguno en casa saben que, con la mejor de las voluntades, el animal puede aprovechar cualquier descuido para obsequiar a su dueño con un lametón: incluso disfrutan despertando a las personas de la casa de esa forma, si tienen (ya sea de forma habitual o ya sea por un descuido) acceso al dormitorio.

Se han constatado, incluso, reacciones anafilácticas (de gravedad, por tanto) producidas por este mecanismo.  Y el riesgo es mucho mayor cuando la persona alérgica es un niño, pues éste puede no ser consciente del riesgo o, incluso, en caso de serlo, puede no ser siempre capaz de mantenerse fuera del alcance de su mascota.

Es importante, entonces, saber que, si alguien en casa está haciendo el sacrificio de privarse de un alimento por saberse alérgico al mismo, ello puede ser motivo más que suficiente para que la mascota (especialmente si hablamos de un perro, aunque también hay que tener precauciones con los gatos) se prive igualmente: al menos, mientras exista posibilidad de que la saliva del animal entre en contacto accidentalmente con la persona alérgica, riesgo que es, lógicamente, mucho mayor en el caso de los niños.

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