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Las «pelusas» no son polen

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Algunas plantas liberan sus frutos, livianos y con la semilla en su interior, adheridos a una estructura especializada, que tiene múltiples prolongaciones, como pelos o filamentos (lo cual le da un aspecto similar a una pelusa), y que reciben el nombre de cipselas.

Las cipselas son características de algunas plantas como el diente de león (cuyo nombre científico es Taraxacum officinale) y, cuando están listas para cumplir su función, se liberan muy fácilmente: a veces, basta una ligera brisa, o el soplido de un niño, para que se desprenda un grupo de ellas, y se dispersen por el aire. Debido a su escaso peso, pueden ser transportadas por el viento a zonas distantes, sin destino concreto ni rumbo fijo, sin control: esa es la forma que tienen estas plantas de dispersar sus semillas, aleatoriamente, aumentando así las posibilidades de que algunas de ellas lleguen a tierra fértil y puedan germinar.

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En las páginas web, blogs y textos sobre alergia es frecuente encontrar ilustraciones en las que aparecen cipselas desprendiéndose y alejándose, a veces como consecuencia del soplido de una persona, y otras veces de forma espontánea. No es raro que esas ilustraciones evoquen en la mente del lector (es, además, lo que muchas veces se pretende) el fenómeno de la polinización, mediante el cual la planta libera sus células reproductoras masculinas (el polen) de forma masiva para que alcancen a las células femeninas y puedan fecundarlas: algo que tantos problemas causa a muchas personas alérgicas.

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Sin embargo, es importante tener en cuenta que las cipselas (las «pelusas» de estas plantas, podríamos decir) no son polen. El polen es microscópico, y puede entrar por las fosas nasales para alcanzar las vías respiratorias. Las cipselas, sin embargo, por su tamaño y forma, no penetran en las vías respiratorias (no caben), no pasan desapecibidas y no entran en contacto con el organismo humano más que (si fuera el caso) mediante un ligerísimo toque en la piel: las cipselas no dan problemas a las personas alérgicas (incluso en el caso del propio Taraxacum, cuyo polen puede producir alergia, las «pelusas» no dan problemas).

Lo que ocurre es que las cipselas son, sin duda, la mejor metáfora de que disponemos para mostrar a una planta liberando partes de sí misma a la atmósfera, y por ello se usan con frecuencia como ilustración cuando se habla de alergia al polen. Recordad, no obstante, que no son más que eso: una metáfora; pero no son polen, ni su función es transportar polen.

Y, si alguna vez nosotros mismos utilizamos alguna imagen de cipselas en este blog, no las interpretéis, por favor, más que como una metáfora. Gracias.

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¿Puede una persona alérgica ser donante de órganos?

Durante este mes de junio (concretamente, el primer miércoles de junio, que este año correspondió al día 4) se celebra el Día Nacional del Donante de Órganos y Tejidos en toda España.

Desde hace años, España bate records en el ámbito de la donación y el trasplante de órganos. Tras la creación de la Organización Nacional de Trasplantes (un organismo coordinador de carácter técnico, encargado de desarrollar las funciones relacionadas con la obtención y utilización clínica de órganos, tejidos y células), España ha pasado de estar en la parte media-baja de los índices de donación en Europa, a tener con diferencia el índice más elevado, no ya de Europa, sino del mundo.

En 2013 se realizaron en España 4.279 trasplantes de órganos gracias a 1.655 donantes, cifras que representan los mejores resultados de toda la historia (los trasplantes de órganos han aumentado en todas sus modalidades), y que justifican que, en base a su liderazgo mundial en este campo, España sea modelo de referencia para muchos países.

Entre los principios por los que se rige este sistema, y que la Organización Nacional de Trasplantes (ONT) fomenta, destaca un gran esfuerzo en formación continuada de los profesionales sanitarios y una gran dedicación a los medios de comunicación dirigidos al público general, pues éstos son fundamentales para lograr una adecuada difusión de los mensajes que permitan mejorar el conocimiento de la población sobre el trasplante, y crear una sensibilidad colectiva que predisponga favorablemente a la donación.

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En ese contexto, entonces, preguntamos: ¿puede una persona alérgica ser donante de órganos?

Por supuesto que sí. Existen algunas enfermedades (como algunas infecciones o el cáncer) que impiden que puedan aprovecharse los órganos de una persona para trasplantarlos a un receptor, pero la alergia no está entre ellas.

Se da la circunstancia de que algunos autores han publicado casos en los que una alergia del donante se ha transferido al receptor, aunque sea de forma transitoria: suele hablarse, en estos casos, de transferencia pasiva de alergia.

El mecanismo por el que se produce esa transferencia pasiva en el caso de los trasplantes de órganos no está claro. El tipo de alergia que con más frecuencia se cita en la literatura médica en relación con este fenómeno es la alergia alimentaria, quizás porque se le ha seguido más la pista que a otros tipos de alergia, debido a la gravedad que podría revestir una posible anafilaxia en caso de que el receptor ingiriese, sin saberse alérgico, el alimento problema.

En el caso del trasplante de progenitores hematopoyéticos (médula osea), el fenómeno resulta menos sorprendente, pues lo que se transfiere en este caso son las células de las que derivarán los elementos del sistema inmunitario implicados en la alergia: de hecho, puesto que en la preparación para el trasplante hay que erradicar las células de la médula ósea del receptor antes de implantarle los progenitores del donante, también se ha descrito el fenómeno contrario, es decir, que un receptor previamente alérgico dejara de serlo después del trasplante (o sea, que un trasplante de médula, realizado, lógicamente, por otro problema, curase una alergia).

Pero en el caso de los órganos sólidos (hígado, fundamentalmente, aunque también se ha constatado en algún caso de trasplante combinado de páncreas y riñón), el fenómeno es más desconcertante. Que se deba a una transferencia pasiva de IgE del donante previamente formada y presente en la sangre es poco probable, pues la vida media de la IgE libre (es decir, lo que dura en la sangre) es sólo de unos cuantos días, mientras que estos fenómenos se han constatado (tanto desde el punto de vista clínico, con presentación de síntomas, como por la positividad de las pruebas realizadas) incluso meses después del trasplante. No se puede descartar, no obstante, la posibilidad de que la IgE del donante pudiera unirse a células del receptor (mastocitos o basófilos) y de esa forma permanecieran activas durante más tiempo. También podría ocurrir (y no es descabellado pensarlo) que células de la sangre del donante presentes en el órgano trasplantado (como células madre hematopoyéticas pluripotenciales) emigraran a la médula ósea del receptor y allí se multiplicaran dando lugar a una línea celular (con las características genéticas del donante, de quien derivan) que pudiera persistir durante meses.

No obstante, todavía hoy, el conocimiento de los mecanismos por los que podría producirse este fenómeno de la transferencia de alergia está en un nivel meramente especulativo.

Entonces, si esa posibilidad no puede descartarse del todo, hasta el punto de que hablamos incluso de la posibilidad de una anafilaxia, ¿cómo es que la alergia no se considera un obstáculo para la donación de órganos?

Pensemos que los trasplantes de órganos y tejidos constituyen un recurso terapéutico de extraordinaria complejidad que supone el único o de mejor pronóstico (vital y/o funcional) recurso terapéutico para diversas enfermedades graves, que pueden comprometer de forma muy importante las posibilidades de supervivencia y la calidad de vida de quienes las padecen. Por otra parte, a medida que mejoran los aspectos técnicos y las posibilidades de controlar o evitar las posibles complicaciones, se amplían las indicaciones de los trasplante, pudiendo beneficiarse de ellos cada vez más personas… si hay donantes. La disponibilidad de órganos es el factor limitante que impide que se hagan más trasplantes de los que se hacen. Por ello, no es razonable descartar como donante potencial a una persona por el mero hecho de que el receptor, a quien se va a salvar la vida o se va a sacar de una situación clínica desastrosa, pudiera padecer (hipotéticamente y, en caso de producirse, probablemente de forma transitoria) una alergia.

Independientemente de lo cual, algunos autores proponen que, si se conocía en el donante historia de alguna alergia susceptible de producir una anafilaxia (a alimentos, a fármacos, a veneno de himenópteros, …), se avise al receptor para que pueda, al menos, estudiarse antes de que produzca una posible exposición.

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Esta última imagen corresponde a un ingenioso anuncio de la Organización Nacional de Trasplantes de Órganos y Tejidos (ONTOT) de Ecuador.