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Pruebas de alergia a veneno de himenópteros: ¿quién debería hacérselas?

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El veneno de abejas y avispas es una sustancia tóxica: precisamente por eso lo llamamos veneno.

Eso implica que, en condiciones normales, una picadura debe producir una inflamación local (en la misma zona) que, por lo general, resulta muy dolorosa. Eso no quiere decir que haya una alergia: por el contrario, eso es lo que cabe esperar cuando una persona no alérgica sufre una picadura por alguno de estos animales.  Permitidnos utilizar una expresión coloquial: podríamos decir que «eso es lo mínimo que se despacha», si te pica una abeja o una avispa.

Múltiples picaduras por parte de estos animales en corto espacio de tiempo, por ejemplo como consecuencia del ataque de todo un enjambre de abejas, supone la inoculación de una cantidad elevada de veneno y podría determinar que la reacción tóxica sea de tal intensidad que determinara incluso la muerte. Aún así, eso no es una reacción alérgica.

Entonces, ¿cuándo podemos sospechar una reacción alérgica?; ¿cuándo debemos acudir a nuestro médico para poner en marcha el estudio de una posible alergia al veneno de abejas o avispas?

Comencemos describiendo la reacción normal que ya hemos referido arriba.

Tras una picadura, la zona circundante se inflama: en cuestión de escasos minutos se producirá una hinchazón, con enrojecimiento, dolorosa espontáneamente (es decir, sin que la toquemos) y, si la tocamos, notaremos un aumento de temperatura respecto a la zona circundante (calor local); esos son los signos y síntomas de una inflamación normal. Su intensidad va a depender de la cantidad de veneno inoculado (recordemos que, en el caso de las abejas, queda prendido el aguijón con la bolsa de veneno capaz de seguir inoculando veneno a pesar de estar separada del cuerpo del animal, por lo que es conveniente retirarlo lo antes posible) y de factores de la propia víctima: hay personas que son más resistentes, o lo toleran mejor que otras. La zona inflamada (hinchada, roja, caliente) puede crecer hasta alcanzar varios centímetros de radio, aunque generalmente no sobrepasará una extensión de diez centímetros de diámetro. Y la inflamación se mantendrá o incluso seguirá creciendo durante varias horas, aunque lo normal (especialmente con el tratamiento adecuado, que en la mayor parte de los casos consiste únicamente en la limpieza de la herida y en la aplicación de frío local) es que más allá de 24 horas después de la picadura no siga progresando y, como muy tarde durante el segundo día, se note una mejoría franca.

Si la reacción se mantiene dentro de esos parámetros, no hay motivos para alarmarse. Es molesta, sí (muy molesta, incluso), pero es normal.

Si la reacción, por el contrario, no se ajusta a ese patrón, hablamos de reacción anómala, y, aunque eso no es sinónimo de alergia, puede ser un indicio razonable que nos ponga sobre la pista.

Si la inflamación local alcanza más de 10 cm de diámetro, o no mejora 48 horas después de la picadura, hablamos de reacción local intensa. Merece la pena, entonces, que la vea un médico, aunque sólo sea para que pueda describir la evolución que está teniendo con las palabras técnicas que posteriormente otro médico podrá interpretar adecuadamente. A veces, la picadura puede infectarse, y eso es lo que hace que la inflamación se mantenga o crezca, y puede acompañarse incluso de fiebre: eso no es una alergia, pero es una situación que necesita tratamiento médico.

En ocasiones, además de la reacción local, aparecen síntomas o signos en otras zonas del organismo: es lo que llamamos reacción generalizada o sistémica. Puede haber picor en extremidades diferentes de la que sufrió la picadura, o generalizado, e incluso erupción cutánea con «ronchas» (habones), más o menos diseminada. Pueden presentarse, también, síntomas en otros órganos u aparatos, como dificultad respiratoria con ahogos, náuseas, vómitos, mareos o incluso pérdida de conciencia. En cualquiera de estos últimos casos, la sospecha de reacción alérgica es importante: tanto, que procede buscar asistencia urgente (una persona que ya se supiera alérgica, habrá recurrido a la adrenalina inmediatamente después de la picadura).

Y, una vez resuelto el episodio agudo, en cualquiera de estos últimos casos (reacción local intensa o reacción sistémica) sí es necesario que la víctima lo ponga en conocimiento de su médico, para poner en marcha el estudio que llevará a diagnosticar o descartar la existencia de una alergia.

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¿Alérgicos a alimentos desprovistos de adrenalina?: lamentablemente, no es tan raro.

Las encuestas, cuando están bien diseñadas y administradas y sus resultados se procesan adecuadamente, pueden proporcionar información muy valiosa. De hecho, constituyen uno de los métodos de investigación más apreciados en disciplinas como la sociología, psicología o antropología. Y también en medicina pueden proporcionar datos muy relevantes.

Recientemente hemos tenido conocimiento de un estudio desarrollado por el Dr. David Stukus y sus compañeros, del Hospital Pediátrico Nacional de Culumbus (Ohio), cuyos resultados ellos mismos califican de alarmantes: el estudio consistió en preguntar a los padres de niños alérgicos a alimentos que acudían a su clínica si llevaban consigo su dispositivo de adrenalina autoinyectable. En un porcentaje importante (60% del total), la respuesta fue negativa: incluso entre aquéllos que se consideraban con riesgo elevado de reacciones graves.

Como hemos visto reiteradamente en entradas previas, la adrenalina es el mejor tratamiento de urgencia en caso de reacciones anafilácticas. A los pacientes (o a sus cuidadores, si se trata de niños) se les insiste en que lleven siempre consigo sus dispositivos autoinyectables de adrenalina, por si fuera necesario utilizarlos. Hay una preocupación generalizada sobre la necesidad de garantizar la disponibilidad de  adrenalina cuando  los niños no están bajo cuidado de sus padres (en campamentos, en el colegio, …). Pero (destacan los autores) parece que la adrenalina podría no estar disponible incluso en casos en que los niños sí están en compañía de sus tutores.

Al preguntarles sobre las razones por las que no llevaban la adrenalina consigo, los argumentos más frecuentes fueron la incomodidad, un despiste, el coste del medicamento, la caducidad de su dispositivo sin posterior renovación, un exceso de confianza ante la ausencia de reacciones durante un periodo prolongado, la disponibilidad del fármaco en los lugares que el niño solía frecuentar, o incluso no haber entendido las instrucciones referentes a la necesidad de llevarlo siempre consigo. Un conjunto de motivos que permiten deducir que los padres (al menos, los participantes en el estudio) no siempre dan a este recurso la importancia que tiene.

En realidad, las conclusiones se refieren a un grupo no muy numeroso de familias: sólo 35; pero, como dicen los propios autores, los resultados son tan preocupantes que no pueden pasarse por alto. Ni es necesario interrogar a más padres para ser conscientes de que ahí hay un problema relevante con muy fácil arreglo.

No podemos saber si los resultados serían similares si preguntáramos en España. Pero, en cualquier caso, puede ser conveniente recordar, siempre, a cada padre o madre que vengan a la consulta acompañando a su hijo con alergia alimentaria, la necesidad de llevar consigo la adrenalina. Aunque sólo sea para que, a base de insistirles, terminen asumiendo la importancia del tema.

Y tú, si es tu caso, … ¿la llevas siempre contigo?

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