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El modo de ver la vida (la perspectiva del profesional sanitario)

Cuando se interroga sobre sus motivos al niño que ha manifestado su deseo de ser médico en su edad adulta, generalmente suele responder que su aspiración es curar a la gente. Curar: el Diccionario de la Real Academia Española define ese término como «aplicar con éxito a un paciente los remedios correspondientes a la remisión de una lesión o dolencia».

Sin embargo, la Ley que regula en España las competencias de los profesionales sanitarios (la Ley 44/2003 de ordenación de las profesiones sanitarias) no incluye la de curar: de hecho, curar no consta como competencia de ninguna de las profesiones sanitarias que esa Ley regula. El tratamiento, por el contrario, sí; la indicación y realización de las actividades dirigidas a la promoción y mantenimiento de la salud, también; junto con la rehabilitación: todas esas sí son competencias del médico. Pero hay enfermedades en las que, lamentablemente, no siempre la curación es una consecuencia del tratamiento. Por mucho empeño que se ponga, por muy acertados que sean los cuidados que se proporcionen al paciente, hay circunstancias ajenas al ámbito de competencia del sanitario que condicionan que la curación no siempre pueda garantizarse.

Cuando se interroga sobre sus motivos al joven que lleva unos años estudiando medicina, generalmente sus expectativas se han adecuado a la realidad, y suele entender su vocación como el deseo de ayudar a la gente.

Porque, aún cuando hay enfermedades que no siempre pueden curarse, y ese es un hecho que ya el estudiante de medicina aprende, no es menos cierto que todo enfermo puede ser ayudado: alivio, generalmente, sí se puede proporcionar.

Llamamos enfermedad crónica a la que se prolonga durante mucho tiempo. Lógicamente, si una enfermedad se prolonga es porque su tratamiento no es capaz de eliminarla, al menos no es capaz de hacerlo en un corto espacio de tiempo (en contraposición a crónico, utilizamos el término agudo para referirnos al proceso que evoluciona de forma relativamente intensa y breve).

Generalmente, las enfermedades alérgicas suelen ser de tipo crónico, pues la alergia se prolonga en el tiempo. Por suerte, disponemos de dos pautas de actuación o recursos que modifican la evolución natural de la enfermedad, y pueden conseguir que el enfermo viva sin síntomas. La primera es la evitación del alérgeno, cuando ello resulta posible. Si la persona alérgica consigue evitar el contacto con el alérgeno, podrá vivir sana (ésto es extrapolable a las intolerancias alimentarias, como la celiaquía). El otro recurso es la inmunoterapia, es decir, las llamadas «vacunas de la alergia»: cada vez son más las enfermedades alérgicas que pueden beneficiarse de este tratamiento, y se trata de un tratamiento cada vez más perfeccionado y que ofrece mejores resultados.

Las enfermedades crónicas son hoy una causa muy importante de sufrimiento. No obstante, aún en los casos en que no existan recursos eficaces como los que hemos mencionado el caso de las enfermedades alérgicas, los sanitarios saben que, como mínimo, siempre pueden contribuir a disminuir ese sufrimiento.

A finales del siglo XIX, dos médicos franceses, Bérard y Gubler, acuñaron una frase en la que resumían los logros de la medicina en su época: «Curar a veces, aliviar a menudo, consolar siempre». En pleno siglo XXI, esa frase conserva plena vigencia, y aunque pueda parecer menos ambiciosa que la aspiración del niño que mencionábamos en nuestro primer párrafo, no es sino la misma aspiración del mismo niño, cuando éste, ya adulto y convertido en profesional, ha adecuado a la realidad sus expectativas.

Recién terminada su licenciatura, la promoción 2007-2013 de estudiantes de la Facultad de Medicina de la Universidad de Sevilla pertenecientes al grupo del Hospital de Valme realizó un vídeo titulado «Querido yo a los 17 años«, en el que los ya médicos hablan y dan consejos a las personas que recuerdan haber sido: jóvenes abrumados por las dificultades de la carrera, atemorizados por la incertidumbre, pero llenos de ilusiones y confiados en que, algún día, podrán, con sus conocimientos y habilidades, ayudar a otras personas. No esconden que el esfuerzo y el sacrificio para llegar hasta allí han sido, ciertamente, enormes. Pero, a pesar de ello, coinciden: «merece TANTO la pena…»

Pulsa sobre la imagen si quieres ver el vídeo:

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Contaminación biótica del aire

La expresión contaminación biótica del aire hace referencia al conjunto de sustancias de origen biológico que están presentes en el aire atmosférico y pueden constituir un riesgo para la salud de las personas o de los animales.

Con carácter general, en ese concepto se incluyen microorganismos (gérmenes como virus, bacterias, hongos, protozoos, …) que pueden producir enfermedades infecciosas. Pero también se incluyen estructuras procedentes de animales o vegetales o de sus productos: pelos o pequeñas escamas de piel, fragmentos diminutos del cuerpo de los insectos u otros artrópodos, o de sus heces, o, por supuesto, el polen de determinadas plantas. Cualquiera de estos últimos puede comportarse como alérgeno y desencadenar una respuesta alérgica en las personas sensibles (el término técnico es “sensibilizadas”) que, sin saberlo, se exponen a inhalarlos; aún cuando resulten inocuos para la generalidad de la población.

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Quizás porque, desde el punto de vista de la salubridad, y a diferencia de la mayoría de los contaminantes químicos, estos contaminantes biológicos que actúan como alérgenos no causan daño a cualquier persona expuesta, sino únicamente a un grupo susceptible, su presencia en el aire que respiramos resulta menos preocupante para las instituciones responsables de velar por nuestra salud, hasta el punto de que incluso con frecuencia su propia medición (su identificación y cuantificación) se descuida o se deja en manos de investigadores o sociedades científicas que pueden permitirse dedicar recursos propios a su conocimiento.

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