Todas las entradas de: José Luis de la Fuente

Todos los días deberían ser el Día del Médico de Familia

Norman Rockwell (Norman Percevel Rockwell, 1894-1978) fue un ilustrador, pintor y fotógrafo norteamericano que plasmó en imágenes entrañables múltiples escenas cotidianas de la sociedad de su época. Algunas de sus obras muestran al médico relacionándose con su paciente o con miembros de la familia. Estas dos muestras excelentes llevan el título de «Doctor and the Doll» («El Médico y la Muñeca»):

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El 19 de mayo se celebra el Día Mundial del Médico de Familia. Fue propuesto como tal en 2010 por la Organización Mundial de Médicos de Familia (WONCA), y se ha convertido en un día en el que destacar el papel y contribución de los médicos de familia en los sistemas de cuidados de salud de todo el mundo.

World Family Doctor Day Logo 2015

Con motivo del mismo, quiero compartir una reflexión que con frecuencia se me viene a la cabeza en la consulta.

La contratación de seguros de salud en España ha experimentado un crecimiento significativo durante los últimos años, coincidiendo con la percepción, por parte de la población, del deterioro de algunos aspectos de la sanidad pública: principalmente, la accesibilidad de los servicios. Es un hecho que el aumento de las listas de espera en la Sanidad Pública supone un estímulo para que una parte importante de la población decida pasarse a los seguros privados. El sector de la medicina privada es consciente de que ese es uno de sus principales atractivos para su clientela, e intenta cuidarlo y defenderlo como uno de sus grandes valores.

Pero, en la carrera por ofrecer la mayor accesibilidad posible, los seguros privados van un paso más allá, y generalmente brindan la posibilidad de que el paciente (el asegurado, dicen ellos: da igual, es la misma persona) acuda al especialista de su elección sin necesidad de pasar por el médico de familia. En el servicio público de salud, el médico de familia es quien decide si el paciente necesita ser valorado y tratado por un especialista hospitalario concreto o si, por el contrario, el problema de salud que presenta puede abordarse y resolverse en el nivel de atención primaria. Aún cuando el paciente considere conveniente una valoración especializada, el criterio que impera es el de su médico de familia, el cual, por ese motivo, se presenta como “la puerta de entrada al sistema”. En los seguros privados, por el contrario, generalmente el paciente puede elegir consultar al especialista de su elección sin tener que pasar el filtro de su médico de atención primaria.

Para quien ha optado por un seguro privado para garantizarse la accesibilidad de los servicios, esa posibilidad es, en la mayoría de los casos, irrenunciable. Pero quienes recibimos al paciente en nuestra consulta de especialista (hablo ahora como alergólogo), a veces echamos de menos la intervención del médico de familia: un médico de familia que conozca la trayectoria vital del enfermo y sea capaz de interpretar los síntomas en el contexto de la misma; un médico de familia que recabe la información generada por los demás especialistas, que ponga en relación las conclusiones de unos y otros, sintetice y destaque lo importante descartando lo superfluo o irrelevante; un médico de familia que se mantenga al tanto de la realidad familiar, laboral y social de su paciente, y que pueda detectar de qué manera influyen en sus padecimientos o se resienten por éstos; el médico que se ha ganado la confianza de su paciente y puede evitarle peregrinajes innecesarios por consultas diversas, o ahorrarle el sometimiento a pruebas injustificadas que pueden resultar incómodas, o cruentas, o incluso nocivas; el médico que resuelve un gran número de problemas y aconseja, con buen criterio, a quién consultar para resolver el resto; el médico que conserva los datos relevantes de cada actuación sanitaria a que su paciente se ha visto expuesto en el pasado, y que es capaz de condensarlos en un informe que el enfermo pueda esgrimir ante terceros cuando sea necesario, para que en todos los casos los objetivos estén claros y los antecedentes importantes siempre salgan a colación.

Piensa una cosa: el hecho de que, como titular de un seguro privado de salud, no tengas la obligación de contar con un médico de familia, no quiere decir que tengas que renunciar al derecho de contar con uno. Si buscas un buen medico de familia y delegas en él la toma de decisiones relativas al cuidado de salud de tu propia persona y de tu familia, probablemente el resultado te va a sorprender.

Porque, a veces, el enfermo que no cuenta con un médico de familia (porque no ha querido, porque no lo ha considerado necesario), cuando consulta a múltiples especialistas, de forma simultánea o secuencial, por un mismo problema o por varios,… parece muy solo.

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Un médico de familia para cada familia”, reza el lema de uno de los pósters que la WONCA está divulgando hoy para recordarnos la importancia de estos profesionales. Y, desde luego, si tu seguro de salud te permite acceder al especialista de tu elección, no es mala elección priorizar precisamente el acceso a este especialista.

 

La leyenda de un polen llamado «Tsunami»

Hace un par de días tuvimos ocasión de leer un artículo de prensa en el que, bajo el titular “Advierten sobre polen que aumenta síntomas de alergia”, se informaba que un polen llamado “Tsunami” estaba causando que personas en todo el condado de Fairfield y otras partes del noreste de los Estados Unidos sufrieran más síntomas de alergia de lo habitual.

El artículo en cuestión pertenecía a la publicación EL SOL News, periódico fundado en 1982 en la ciudad de Nueva York, y dirigido a la comunidad latina en EE UU (escrito, por tanto, en español). No estaba firmado por su autor (probablemente eso debería habernos hecho recelar), pero parecía documentado, presentando unas declaraciones textuales del director de una clínica de Nueva York especializada en el tratamiento de alergia y asma. La información que ofrecía, sin embargo, era un tanto desconcertante: según los expertos, “el fuerte invierno feroz, y el retraso de la llegada de la primavera, además del cambio climático”, habrían creado un polen llamado “Tsunami”, el cual estaba condicionando, como hemos señalado arriba, que personas del noreste de los Estados Unidos sufrieran más síntomas de alergia de lo habitual.

Ya hemos hablado en el pasado de la precisión y la concisión como características básicas del lenguaje científico. La utilización de un término tan inespecífico como “tsunami” para designar un nuevo polen aparentemente tan nocivo nos llamó la atención: en el ámbito de la Alergología, como también en el de la Botánica, cuando nos referimos a un polen concreto solemos especificar la planta de la que procede. De ese modo, sólo con decir su nombre podemos estar comunicando a nuestro interlocutor información sobre su distribución, su capacidad de ser transportado por el aire, su alergenicidad, etc. No tienen mucho que ver, por ejemplo, el polen de una orquídea con el del olivo. Por ello, no nos parecía lógico renunciar a esos matices acuñando un término genérico y novedoso que, aparentemente, nada aportaba sobre su origen. ¡Máxime, cuando, según se decía, se trataba de un polen “de nueva creación”!

Consultados otros periódicos del mismo país en busca de información sobre ese nuevo polen, las conclusiones son las que cabía esperar. No hay un “nuevo polen llamada tsunami”. Hay (como está ocurriendo también este año en algunas zonas de España, entre ellas Andalucía) unas concentraciones de pólenes diversos que están alcanzando niveles muy elevados (en Jaén, por ejemplo, se han constatado este año niveles de polen de olivo como no se conocían desde que existen registros) de un modo tan rápido que a algún periodista (anglosajón) se le ocurrió hablar de “un tsunami de polen”.

Un tsunami es una ola gigantesca producida por un maremoto o una erupción volcánica en el fondo del mar: una ola inmensa, imparable, que arrasa todo a su paso. Las expresiones “pollen storm” (tormenta de polen) o “pollen tsunami” (tsunami de polen) son metáforas tan gráficas que no resulta extraño que los titulares de diversos periódicos las hayan incorporado. Y alguien, en algún sitio, tradujo la segunda de forma literal: el polen “tsunami”. De ahí a embellecer la expresión convirtiéndola en “un polen llamado tsunami” va un paso… y, con tal nombre, por fuerza ese polen tenía que ser nuevo.

En conclusión, no hay, entonces, ningún polen nuevo llamado tsunami. Lo que hay es tal cantidad de polen en la atmósfera, con consecuencias tan notables para las personas alérgicas, que algunos periodistas aluden al fenómeno como «un tsunami de polen».

Por cierto, el chiste con que cerramos esta entrada es de Dave Granlund, un humorista norteamericano, y, aunque no es de este año (data del 13 de abril de 2010), refleja cómo están viviendo los alérgicos de Estados Unidos los niveles de polen de esta primavera (obviamente, de un modo no muy diferente a como se están viviendo en Andalucía):

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