Archivo por años: 2015

Una primavera más intensa en el sur

«Cada año, en las semanas inmediatamente anteriores al inicio de la primavera, representantes de la Sociedad Española de Alergología e Inmunología Clínica (SEAIC) comparecen ante la prensa y ofrecen una predicción, que, aunque no pretende ser más que aproximada, suele mostrarse bastante acertada, sobre cuál puede ser la evolución clínica de los pacientes alérgicos (con especial referencia a los pacientes alérgicos a pólenes) en los meses siguientes. Los expertos basan sus conclusiones en fenómenos como las lluvias que han tenido lugar en el periodo anterior y otras circunstancias como la temperatura ambiental y la humedad.»

Exactamente con ese párrafo, hace aproximadamente un año, iniciaba este blog su andadura. El principio de la primavera nos pareció un momento idóneo para iniciar un blog sobre alergias, y la rueda de prensa de la SEAIC nos proporcionó un tema con el que establecer un contacto inicial con nuestros potenciales lectores.

Este año, sin embargo, esa rueda de prensa en la que la SEAIC proporciona información sobre las características de la primavera incipiente, y sobre el modo en que la polinización condicionará los síntomas de nuestros pacientes alérgicos, se ha demorado unos días, y se ha celebrado con la estación ya iniciada. Desde principios de semana, sabíamos que estaba convocada para las 10:30 de la mañana de hoy, miércoles 25 de marzo.

Anoche, leyendo los titulares de la prensa de hoy, encontré que la Agencia EFE ya aventuraba una aproximación a lo que hoy se diría en la esperada rueda de prensa: «El polen de gramíneas, plátano y olivo hace que los más de 6 millones de alérgicos de este país noten ya los síntomas de la alergia, aunque será en abril, mayo y junio cuando se complique más su vida, según las previsiones sobre esta primavera que presenta hoy la Sociedad Española de Alergología e Inmunología Clínica.» Así sentenciaba, textualmente, el diario ABC, horas antes de que la rueda de prensa llegara a iniciarse (puedes verlo aquí), concretamente en la sección encabezada por el titular «SALUD ALERGIAS«.

Ciertamente, esa frase incluía una información tremendamente general, extrapolable con escaso riesgo a la primavera de cualquier año, y que, puesto que evitaba entrar en detalles, no presentaba muchas posibilidades de errar de modo llamativo. Pero no puedo decir que me gustara encontrarla.  La reflexión que me suscitó fue la de la relevancia de la rueda de prensa de la SEAIC. A nosotros, los alergólogos, nos proporciona, años tras año, una información relevante (ellos tienen lo, obtenida de factores ambientales de meses previos y de los esperados para los meses venideros, y de los niveles de pólenes constatados en la atmósfera, y esa información es interpretada por especialistas de disciplinas diversas), nos ayuda a prepararnos para lo que va a venir y a aconsejar pautas de actuación a nuestros pacientes en función de la sensibilización de cada uno. Pero, entonces, para la población general, … ¿aporta algo? ¿Es también relevante? ¿O, por el contrario, es tan prescindible que un periodista anónimo, utilizando información de años anteriores y con el uso de la lógica podría deducir su contenido antes de que se celebrara?

No me cuesta reconocer que, durante horas, desde que leí ese párrafo hasta que llegó el momento, deseaba secretamente que la rueda de prensa sorprendiera: que, sin predecir sufrimiento para nuestros pacientes (ojalá que eso siempre pudiéramos evitárselo), aportara información más detallada que esa simple generalización tan anodina que yo había leído.

Y así ha sido. Este año, la información que la SEAIC nos ha proporcionado aludía a importantes diferencias entre distintas regiones geográficas, por lo que se ha centrado en destacar las características de cada una de ellas.

Para la cornisa cantábrica y la zona norte del litoral mediterráneo (Murcia, Comunidad Valenciana y Cataluña), aventuran una primavera leve (con menos de 4.000 granos de polen por metro cúbico de aire).  Para describir la primavera que esperan para el centro peninsular, utilizan el adjetivo moderada (con unos niveles de polen entre 4.000 y 6.000 por metro cúbico de aire). Por el contrario, la primavera del sur peninsular (zona en la que se incluye la totalidad de Andalucía) la esperan intensa.

“Todas las plantas se reproducen por pólenes, pero por su suerte no todos dan problemas alérgicos», ha comentado el doctor Ángel Moral, presidente del Comité de Aerobiología de la SEAIC (algo que ya hemos analizado en una entrada reciente de este blog). «En nuestro país, las especies que más síntomas producen en orden decreciente son: gramíneas, olivo, ciprés, salsola, plátano de sombra y parietaria». Concretamente, en el caso de Andalucía, los pólenes que más problemas de alergia dan son el de olivo y el de las gramíneas. El otoño de 2014 fue muy húmedo (precipitación media de 197 milímetros) pero el invierno ha sido seco (150 milímetros). Los datos acumulados del otoño e invierno pasados muestran un descenso de la pluviosidad del 6% por debajo de la media. Las previsiones de la Agencia Estatal de Meteorología para esta primavera indican precipitaciones ligeramente inferiores a la media en el conjunto de España y temperaturas más altas en la mitad oriental. Todo ello permite esperar en Andalucía un nivel de polen superior a 6.000 granos por metro cúbico de aire.

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Sobre la polisemia en el lenguaje médico (a propósito de las vacunas de la alergia)

Hace unos días, el portal de internet Encuentra la Inspiración nos invitó a opinar en su blog sobre la forma en que los medios de comunicación general abordan la información sobre las alergias. Allí destacamos que, de las tres características fundamentales del lenguaje científico (concisión, claridad y precisión), tan sólo la primera de ellas podría sacrificarse en aras de hacer más atractivo el lenguaje, mientras que la claridad y la precisión deben ser irrenunciables.

Concretamente, la precisión atiende a la necesidad de utilizar un lenguaje que exprese exactamente lo que se quiere expresar, sin frases que puedan prestarse a doble sentido o a interpretaciones diversas: el contenido del mensaje es tan importante que no podemos arriesgarnos a que se malinterprete.

Esta necesidad de precisión es lo que hace que la polisemia (el fenómeno por el que una misma palabra tiene más de un significado) sea tan poco frecuente en medicina.

Sin embargo, aún cuando es, en efecto, infrecuente, no podemos decir que sea inexistente. Hay palabras (¡incluso términos técnicos!) que pueden tener más de un significado, y, generalmente, para deducir con cuál acepción se emplea en cada caso, hay que recurrir al contexto.

Así ocurre, por ejemplo, con la palabra «ganglio«, que se utiliza con significados muy distintos cuando nos referimos a los ganglios linfáticos (nódulos o concreciones de tejido linfoide, defensivo, que se localizan en el trayecto de los vasos linfáticos, donde funcionan como un filtro) y cuando nos referimos a los ganglios nerviosos (agrupaciones de cientos o millares de cuerpos neuronales situadas fuera del sistema nervioso central, en el trayecto de los nervios periféricos).

Otras veces, la extrapolación de términos técnicos al lenguaje común (o a la inversa) viene a complicar la cosa. Es el caso, por ejemplo, de la palabra «celulitis«, que hace referencia a la inflamación aguda de los tejidos blandos de la piel (que afecta a la dermis y al tejido celular subcutáneo), y que en el lenguaje popular se emplea para referirse al aspecto irregular que presenta la superficie cutánea de los muslos y las nalgas, más frecuente en las mujeres con tendencia a la obesidad, causado por acúmulo subcutáneo de grasa: lo que coloquialmente se conoce como «piel de naranja» (aunque el término técnico más correcto sería dermatopaniculitis deformante, por su uso tan generalizado el Diccionario de Términos Médicos  de la Real Academia Nacional de Medicina acepta también celulitis con esta acepción).

Hace unos años, un compañero médico me refirió una anécdota que le había ocurrido en consulta y que, aunque no viví de primera mano, recuerdo con tanta nitidez como si hubiese estado presente.

Mi amigo se encontraba atendiendo a una adolescente, acompañada por su madre. En un momento concreto, la chica interrumpió la consulta para anunciar que tenía «fatiga». Una consulta al Diccionario de la Lengua de la Real Academia Española permite constatar las múltipes acepciones de esa palabra.

«No hay motivo para sentir verguenza», le dijo mi amigo.

«No tengo verguenza», contestó ella, «tengo fatiga».

Puesto que su primera interpretación había sido claramente errónea, el médico decidió indagar sobre el significado exacto de lo que la chica refería:

«¿Te sientes cansada?», preguntó.

«No», respondió ella. «Tengo fatiga». Aunque su lenguaje verbal no parecía traslucirlo, su rostro evidenciaba una incomodidad acuciante.

«¿Te cuesta trabajo respirar?» (la disnea, es decir, la dificultad para respirar, es otra de las acepciones con que frecuentemente se emplea la palabra «fatiga»).

«No», volvió a decir ella: «tengo fatig…»

Pero ya no terminó la frase: bruscamente, vomitó sobre la mesa.

Y es que precisamente ese es otro de los significados de la palabra fatiga: la náusea, el ansia por vomitar (el último de los significados en los que mi amigo había pensado).

En alergología, tenemos otro ejemplo de polisemia que puede prestarse a interpretación errónea: el caso de las «vacunas» de la alergia.

Con carácter general, las vacunas son productos biológicos que contienen microorganismos vivos o inactivados o una parte o un producto derivado de ellos, en suspensión, que se administran al individuo sano con objeto de inducir el desarrollo de una respuesta inmunitaria que le proteja frente a ulteriores exposiciones al microorganismo: esas son las que podemos llamar vacunas infecciosas o antiinfecciosas.

Sin embargo, en el ámbito de la alergología, hablamos de vacunas para referirnos a la inmunoterapia específica con alérgenos: la administración de forma controlada del alérgeno problema, en cantidades progresivamente crecientes hasta alcanzar una dosis que se mantendrá durante algún tiempo, con objeto de inducir en el sistema inmunológico del individuo tolerancia hacia ese alérgeno. Esas son las llamadas «vacunas de la alergia».

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En este blog siempre hemos tenido cuidado de que el empleo del término «vacuna» no se preste a confusión, especificando a qué nos referimos. No obstante, debe tenerse en cuenta que, a veces, en los medios de comunicación (incluyendo los textos a los que desde aquí enlazamos) puede utilizarse el término con uno u otro significado, y es el contexto lo que nos da las claves para interpretarlo de un modo u otro.