Archivo por años: 2015

Cupresáceas

Las Cupresáceas son una familia de plantas compuesta, en su mayoría, por árboles y arbustos leñosos. Incluye 21 géneros y se diferencian unas 130 especies, que son muy utilizadas en parques y jardines con fines ornamentales.

Las especies más importantes (no las únicas) de las Cupresáceas son:

Ciprés (Cupressus sempervirens): es el ciprés común, un árbol muy utilizado en jardinería y casi omnipresente en los cementerios. Suele empezar su polinización en febrero y terminar a finales de marzo. El ciprés se ha extendido a múltiples partes del país por su utilidad ornamental.

cipres

Arizónica o ciprés de Arizona (Cupressus arizonica), un tipo de arbusto de copa densa y ramificaciones horizontales, que resulta idóneo como seto, por lo que es plantado frecuentemente como tal en parques, jardines y viviendas.

Enebros y sabinas (Género Juniperus): son arbustos que florecen entre marzo y abril, ampliamente distribuidos en el área mediterránea entre matorrales y pinares.

Tuya (Género Thuja): es un arbusto de talla pequeña, de hoja perenne.

La polinización de las cupresáceas es de tipo anemófilo, es decir, por el aire, lo que facilita que el polen sea respirado por las personas y pase a las vías respiratorias. La cantidad de polen que puede encontrarse en el aire en una zona y momento concreto depende de muchos factores, como la cantidad de plantas existentes en las cercanías, la pluviometría (la cantidad de lluvia caída), la temperatura y la intensidad del viento.

Encontramos especies de Cupresáceas distribuidas por toda la geografía española, pero las mayores concentraciones se hallan en Barcelona y Madrid. El crecimiento de las ciudades, con proliferación de nuevas urbanizaciones con funciones residenciales y englobando amplios espacios verdes, dónde se generaliza la utilización de setos de jardín, es un factor que ha aumentado la cantidad de polen de estas plantas. Junto a ello, la contaminación ambiental ha aumentado la alergenicidad de este polen (es decir, la capacidad para producir alergia). Se ha demostrado que el polen de cupresáceas recogido en zonas más contaminadas es mucho más alergénico que el recogido en zonas no contaminadas. Incluso sabemos que uno de sus alérgenos se expresa exclusivamente cuando existe contaminación ambiental, no encontrándose en el polen de estas plantas cuando crecen en zonas rurales libres de contaminación.

Los alérgenos más importantes del polen de las Cupresáceas son:

Cup s 1: el alérgeno más importante del ciprés.
Cup a 1: es el alérgeno más importante de las arizónicas y es responsable de una elevada reactividad cruzada con otros pólenes de coníferas.

Respecto a los síntomas que producen, los pacientes alérgicos al polen de ciprés presentan una incidencia muy elevada de rinitis (prácticamente en todos los casos). Por el contrario, la incidencia de asma en pacientes alérgicos al ciprés (cuando esta alergia se presenta de forma aislada, es decir, en monosensibilización) es menor que en el caso de los alérgicos a otros pólenes, y suele ser más leve.

¿Puede la cera de mi vela contener el polen que me produce alergia?

Así nos manifestaba una persona su preocupación hace años, al inicio de la primera Semana Santa tras su diagnóstico de polinosis: «Todos los años salgo en la procesión llevando un cirio encendido, rodeado por decenas de personas que también portan cirios encendidos durante todo el recorrido. Pero sé que la cera de las velas la producen las abejas, después de haber estado embadurnándose de pólenes diversos. ¿Supone eso que iré respirando el polen que pueda liberar la cera?»

La cera, en efecto, es un producto graso que producen las propias abejas con el principal objetivo de utilizarlo como material estructural para la construcción de sus panales. Es segregada por las abejas obreras jóvenes, en estado líquido, mediante las llamadas gládulas cereras, que tienen ubicadas en el abdomen.

La cera es un producto blanquecino, sólido a temperatura ambiente, y que va adquiriendo una consistencia pastosa a medida que se va calentando, fundiéndose a una temperatura entre los 62 y 65ºC. Precisamente su característica de volverse moldeable con el calor es lo que permite a las abejas darle la forma que necesitan, para lo cual elevan la temperatura de la zona donde trabajan reuniéndose varias de ellas en forma de racimos y sacudiendo sus cuerpos al mismo tiempo.

En las celdillas de sus panales, las abejas depositan la miel y el polen, por lo que no es descartable que la cera pueda impregnarse con algunos gránulos de este último.

A pesar de lo cual, que una vela encendida se comporte como fuente de polen para causar problemas a las personas alérgicas no es un riesgo real.

En primer lugar, la fabricación de las velas supone someter la cera a temperaturas elevadas, para poder incluirla posteriormente, en su forma líquida, en el molde que le conferirá la forma deseada. Ya hemos visto que ni siquiera es necesario que alcance la ebullición, pero pese a ello las altas temperaturas modificarán (el término técnico es «desnaturalizarán»)   muchas de las proteínas del polen, disminuyendo o eliminando su capacidad alergénica.

En segundo lugar, si a pesar de lo anterior quedaran atrapados granos de polen con proteínas alergénicas en la cera, éstos no se desprenderían de la misma mientras la vela conservara su forma sólida. No pasarían espontáneamente al aire como, por ejemplo, sabemos que sí ocurre con las partículas de látex que pueden, vehiculizadas por los polvos de talco, desprenderse de los guantes de goma. Las partículas que estuvieran contenidas en la vela permanecerían allí sin posibilidad de liberarse mientras aquélla conservara su integridad.

¿Y si, una vez encendida, el fuego, al derretir la cera, las liberara? En tal caso, el calor de la llama desnaturalizaría igualmente las proteínas.

No es realista, por tanto, preocuparse por la posibilidad de que un cirio pueda comportarse como fuente de polen. Pero eso no quiere decir que sean completamente inocuos para las personas alérgicas.

En contra de la creencia generalizada, las velas industriales que habitualmente se encuentran en los supermercados y tiendas no suelen estar hechas de cera,  sino que están hechas a base de parafina, un hidrocarburo derivado del petróleo. Cuando estas velas de parafina se queman, desprenden al aire elementos químicos como el tolueno y el benceno, que son tóxicos. Inhalarlos directamente en cantidades importantes podría ser nocivo para cualquier persona (de hecho, incluso siendo alérgico a pólenes, respirar las emanaciones de una vela de cera de abejas es menos nocivo que respirar las de las velas de parafina).

Pero es que, además, el propio humo es irritante, por sí mismo y de forma inespecífica, y puede afectar la mucosa de las vías respiratorias, tanto superiores como (y ésto es más precupante en caso de personas asmáticas) inferiores.

«El humo me preocupa menos», decía la persona a la que nos referíamos al principio: «Puedo verlo y, por tanto, puedo intentar esquivarlo». No es tan sencillo, lamentablemente. Pero, desde luego, lo que no representa un problema es el polen en la vela.

 Carretería

Fotografía: «Carretería«, de Marín García (Procesión de la Virgen del Rocío en la Semana Santa de Málaga)