«Cómo afrontar positivamente la enfermedad celíaca»

La enfermedad celíaca puede alterar las condiciones de vida de quienes la padecen y de sus familiares más cercanos o personas más allegadas, no sólo por la necesaria modificación de los hábitos alimenticios, con restricciones que, de forma directa o indirecta, podrán tener consecuencias en todos los convivientes, sino también por los problemas psicológicos que puede implicar el hecho de padecer una dolencia crónica para la que, todavía hoy, no existe tratamiento diferente de la evitación del gluten, tan ubicuo en nuestra dieta. Con esta acertada reflexión se inicia el prólogo de una publicación que precisamente se plantea como objetivo disminuir la carga de sufrimiento que pudiera afectar a la persona celíaca y a quienes están vinculados afectivamente a ella, como sus padres o cuidadores.

Se trata del libro titulado «Cómo afrontar positivamente la enfermedad celíaca«, editada por la Institución del Defensor del Menor de la Comunidad de Madrid y distribuida a través de la Asociación de Celíacos de Madrid.

Estructurado en 10 capítulos, el texto aborda conceptos generales sobre la enfermedad y sus repercusiones sobre el propio sujeto afecto y su entorno familiar y social, dedicando atención a las reacciones emocionales más previsibles en los momentos complicados y a las situaciones con mayor potencial de conflictividad, proporcionando una serie de consejos para que no se conviertan en condicionantes de frustración o de otros sentimientos negativos.

Aunque ya tiene algunos años, las reflexiones que propone son de plena actualidad, y muchas de las situaciones que en él se abordan son también propias de otras intolerancias y de las alergias alimentarias (siempre, por supuesto, teniendo claro que, en el caso de la persona celíaca, una posible ingesta involuntaria de una pequeña cantidad de gluten, por ejemplo por contaminación cruzada, no implica un riesgo vital grave de forma inmediata, como sí puede ocurrir en las alergias alimentarias mediadas por IgE).

La segunda edición de este texto, que data de 2008, puede encontrarse íntegra en versión digital en internet (pulsa sobre la imagen si quieres descargarla):

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Pruebas de alergia a veneno de himenópteros: ¿quién debería hacérselas?

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El veneno de abejas y avispas es una sustancia tóxica: precisamente por eso lo llamamos veneno.

Eso implica que, en condiciones normales, una picadura debe producir una inflamación local (en la misma zona) que, por lo general, resulta muy dolorosa. Eso no quiere decir que haya una alergia: por el contrario, eso es lo que cabe esperar cuando una persona no alérgica sufre una picadura por alguno de estos animales.  Permitidnos utilizar una expresión coloquial: podríamos decir que «eso es lo mínimo que se despacha», si te pica una abeja o una avispa.

Múltiples picaduras por parte de estos animales en corto espacio de tiempo, por ejemplo como consecuencia del ataque de todo un enjambre de abejas, supone la inoculación de una cantidad elevada de veneno y podría determinar que la reacción tóxica sea de tal intensidad que determinara incluso la muerte. Aún así, eso no es una reacción alérgica.

Entonces, ¿cuándo podemos sospechar una reacción alérgica?; ¿cuándo debemos acudir a nuestro médico para poner en marcha el estudio de una posible alergia al veneno de abejas o avispas?

Comencemos describiendo la reacción normal que ya hemos referido arriba.

Tras una picadura, la zona circundante se inflama: en cuestión de escasos minutos se producirá una hinchazón, con enrojecimiento, dolorosa espontáneamente (es decir, sin que la toquemos) y, si la tocamos, notaremos un aumento de temperatura respecto a la zona circundante (calor local); esos son los signos y síntomas de una inflamación normal. Su intensidad va a depender de la cantidad de veneno inoculado (recordemos que, en el caso de las abejas, queda prendido el aguijón con la bolsa de veneno capaz de seguir inoculando veneno a pesar de estar separada del cuerpo del animal, por lo que es conveniente retirarlo lo antes posible) y de factores de la propia víctima: hay personas que son más resistentes, o lo toleran mejor que otras. La zona inflamada (hinchada, roja, caliente) puede crecer hasta alcanzar varios centímetros de radio, aunque generalmente no sobrepasará una extensión de diez centímetros de diámetro. Y la inflamación se mantendrá o incluso seguirá creciendo durante varias horas, aunque lo normal (especialmente con el tratamiento adecuado, que en la mayor parte de los casos consiste únicamente en la limpieza de la herida y en la aplicación de frío local) es que más allá de 24 horas después de la picadura no siga progresando y, como muy tarde durante el segundo día, se note una mejoría franca.

Si la reacción se mantiene dentro de esos parámetros, no hay motivos para alarmarse. Es molesta, sí (muy molesta, incluso), pero es normal.

Si la reacción, por el contrario, no se ajusta a ese patrón, hablamos de reacción anómala, y, aunque eso no es sinónimo de alergia, puede ser un indicio razonable que nos ponga sobre la pista.

Si la inflamación local alcanza más de 10 cm de diámetro, o no mejora 48 horas después de la picadura, hablamos de reacción local intensa. Merece la pena, entonces, que la vea un médico, aunque sólo sea para que pueda describir la evolución que está teniendo con las palabras técnicas que posteriormente otro médico podrá interpretar adecuadamente. A veces, la picadura puede infectarse, y eso es lo que hace que la inflamación se mantenga o crezca, y puede acompañarse incluso de fiebre: eso no es una alergia, pero es una situación que necesita tratamiento médico.

En ocasiones, además de la reacción local, aparecen síntomas o signos en otras zonas del organismo: es lo que llamamos reacción generalizada o sistémica. Puede haber picor en extremidades diferentes de la que sufrió la picadura, o generalizado, e incluso erupción cutánea con «ronchas» (habones), más o menos diseminada. Pueden presentarse, también, síntomas en otros órganos u aparatos, como dificultad respiratoria con ahogos, náuseas, vómitos, mareos o incluso pérdida de conciencia. En cualquiera de estos últimos casos, la sospecha de reacción alérgica es importante: tanto, que procede buscar asistencia urgente (una persona que ya se supiera alérgica, habrá recurrido a la adrenalina inmediatamente después de la picadura).

Y, una vez resuelto el episodio agudo, en cualquiera de estos últimos casos (reacción local intensa o reacción sistémica) sí es necesario que la víctima lo ponga en conocimiento de su médico, para poner en marcha el estudio que llevará a diagnosticar o descartar la existencia de una alergia.

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