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Enfermando a la gente en la búsqueda de la salud: El peligro del sobrediagnóstico, también en enfermedades alérgicas

En los últimos años, estamos viviendo en múltiples ámbitos de la Medicina una preocupación creciente por el llamado sobrediagnóstico, que es, básicamente, proporcionar a una persona un diagnóstico que no le va a aportar nada positivo.  O lo que es lo mismo, como dice el título del excelente editorial del último número de la revista Atención Primaria, cuando las personas reciben un diagnóstico que no necesitan.

El sobrediagnóstico es el diagnóstico de una enfermedad que no ocasionará síntomas a lo largo de la vida de una persona pero cuyo tratamiento y seguimiento, una vez detectada, sí puede ocasionar perjuicios o costes, sin aportar ningún beneficio. Obviamente, si ese es el caso, no tiene ningún sentido poner en marcha actuaciones encaminadas a detectar esa enfermedad, ya que el conocimiento de la misma no aportará nada más que sufrimiento o consumo innecesario de recursos.

Es importante destacar que no estamos hablando de errores diagnósticos, sino de diagnósticos acertados, precisos, pero innecesarios: porque se refieren a trastornos que no causan ni causarán síntomas, o los síntomas que pueden causar son tan leves o tolerables que no compensan los inconvenientes de las actuaciones puestas en marcha para su manejo. Y entre estos inconvenientes deben tenerse en cuenta, por supuesto, las molestias causadas por las pruebas diagnósticas o por los tratamientos, sus complicaciones y efectos secundarios, los inconvenientes de la hospitalización o de las visitas ambulatorias repetidas cuando una u otras se consideran necesarias, el estigma social en algunos casos, las limitaciones que el propio sujeto puede autoimponerse una vez que conoce su condición, el coste económico del consumo innecesario de recursos, … Por todo ello, es mucho el interés que este asunto está despertando en profesionales y en publicaciones especializadas.

¿Puede ocurrir, también, en relación con las enfermedades alérgicas?

Recordemos que es importante diferencia entre los conceptos de sensibilización y de alergia, pues no son exactamente sinónimos. Lo abordamos de un modo expreso en nuestra entrada titulada «No es lo mismo estar sensibilizado que tener alergia«: Sensibilización es el fenómeno consistente en que el sistema inmunológico de una persona que previamente toleraba sin problemas una sustancia comienza a producir IgE contra la misma. Se trata de un requisito previo para la aparición de una reacción alérgica mediada por IgE, pero no puede considerarse equivalente a una alergia.  Puede existir sensibilización frente a un alérgeno sin que llegue a producirse un verdadero problema de alergia, pues la alergia es un cuadro clínico, es decir, debe producir síntomas o signos clínicos. Si tales síntomas o signos no existen, no podemos decir que esa persona padezca alergia, aun cuando pueda estar sensibilizada.

En nuestro ámbito, como decíamos entonces, es importante distinguir la simple sensibilización (que, por otra parte, puede ser múltiple, y no en todos los casos con la misma relevancia) de la alergia, y para ello cobra excepcional importancia la historia clínica detallada.

Por ese motivo, entre las «Recomendaciones de No Hacer» que el Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad consensuó con las Sociedades Científicas en el año 2013 en el contexto del proyecto llamado “Compromiso por la Calidad de las Sociedades Científicas en España”, la primera que la Sociedad Española de Alergología e Inmunología Clínica (SEAIC) propuso fue «No realizar pruebas cutáneas o in vitro con alérgenos sin haber realizado previamente una historia clínica detallada«. Porque las pruebas cutáneas o in vitro con alérgenos pueden detectar sensibilización. Pero la alergia, y la consecuente necesidad de evitación del alérgeno y de tratamientos farmacológicos y de inmunoterapia, en su caso, sólo puede diagnosticarse mediante una historia clíinica detallada, realizada por un médico con conocimiento de las peculiaridades de los distintos alérgenos y de los diversos cuadros clínicos que pueden presentarse, que pueda interpretar correctamente el resultado de las pruebas complementarias a la luz de las circunstancias del paciente.

Como es el caso del Alergólogo.

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El precio del sufrimiento: Como si medirlo fuera posible

El doctor José Carlos García Robaina, jefe del Servicio de Alergología del Hospital Universitario Nuestra Señora de La Candelaria (Tenerife) ha liderado un estudio realizado con el apoyo de la compañía farmacéutica Merck, titulado “Ahorro asociado a inmunoterapia hipo-alergénica de dosis alta contra ácaros en pacientes de rinitis y/o asma en España”. El resultado de dicho trabajo muestra que la inmunoterapia subcutánea en pacientes con alergia a los ácaros permitiría al Sistema Nacional de Salud (SNS) un ahorro 5,7 veces mayor a su coste.

La sintomatología asociada a muchas alergias respiratorias puede controlarse mediante la inmunoterapia, un tratamiento que consiste en administrar a los pacientes cantidades crecientes del alérgeno específico responsable de sus síntomas para que el sistema inmune se module y mejore la tolerancia al mismo en posteriores contactos. Se trata del único tratamiento que ha demostrado ser capaz de revertir el curso natural de la enfermedad, pero a pesar de ello actualmente es frecuente que su empleo se limite a aquellos pacientes en los que no se ha podido controlar previamente la enfermedad con el tratamiento sintomático.

Obviamente, la presencia de síntomas supone un deterioro en su calidad de vida, con costes económicos directos (como el precio de los medicamentos que deben utilizarse para su control) e indirectos (como las bajas laborales). Estos costes son los que cuantifica el estudio, valorando el ahorro a largo plazo del tratamiento específico de la alergia a ácaros con inmunoterapia subcutánea (no es la única vía de administración, pero es la única que este estudio ha tenido en cuenta), mediante el empleo de un extracto de la casa comercial mencionada, en comparación con el tratamiento sintomático convencional de la alergia a ácaros. Los resultados han puesto de manifiesto la reducción estimada de costes derivados de aspectos como los recursos hospitalarios (valorando hospitalizaciones, visitas al alergólogo y visitas a urgencias), los tratamientos sintomáticos (valorando tanto la medicación diaria como la necesidad de medicación de rescate), pruebas diagnósticas y días de baja laboral por enfermedad. Basándose en esos resultados, el ahorro estimado para el Sistema Nacional de Salud resultaría en una cantidad 5,7 veces mayor que el coste de la propia inmunoterapia tras 6 años de tratamiento.

Se trata de un estudio observacional, retrospectivo y multicéntrico, que se ha realizado en España con una muestra de 419 pacientes, y es el primer trabajo que valora coste-efectividad de la inmunoterapia en un grupo de pacientes tan extenso. En él, se extrapolan a 6 años los resultados obtenidos durante el primer año de tratamiento con inmunoterapia, asumiendo 3 años de tratamiento activo (según la pauta habitual recomendada) y 3 años de seguimiento posterior.

Obviamente, este trabajo no ha podido cuantificar la angustia de ver a un hijo luchando por respirar, las noches sin dormir, la pérdida de rendimiento laboral del día posterior, el sufrimiento de ingresar o tener a un familiar directo ingresado, las pérdidas de oportunidad condicionadas por las descompensaciones, los efectos secundarios de los tratamientos necesarios, … Obviamente, el trabajo no ha podido medir ésto. ¿Cuánto valen los juegos infantiles frustrados, las citas anuladas? ¿Cómo se mide la imposibilidad de participar con el grupo de amigos en un plan apetecible, tener que ver el partido desde la grada por no poder seguir el ritmo, quedarse en casa porque la excursión es al aire libre?

Si pudiéramos medir el sufrimiento, cuantificarlo y darle un valor económico, las diferencias que ofrecería el estudio que nos ocupa serían, sin duda, extraordinariamente superiores.

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