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¿De qué hablamos cuando hablamos de alergia… al cloro de la piscina?

El cloro, utilizado solo o en forma de hipoclorito sódico, actúa como desinfectante. Añadido al agua, destruye gérmenes que aquélla pueda contener. La mayor parte del suministro de agua potable en Europa occidental depende de la cloración. En las piscinas, el uso de hipoclorito sódico es imprescindible para evitar la proliferación de algas y hongos, eliminar organismos patógenos y asegurar unas condiciones higiénicas adecuadas.

 El pH de la piel está en torno a 5,5, mientras que el valor del pH del agua de la piscina clorada se  mantiene por encima de 7. Eso ya, por sí solo, reseca la piel. El cloro deteriora el manto graso protector de la piel, lo cual implica un efecto irritante, que se manifiesta de un modo más intenso en las personas con dermatitis atópica. Este efecto sobre la piel se ha atribuido, en ocasiones, a alergia, pero no es tal: cualquier persona expuesta al agua clorada de la piscina durante el tiempo suficiente puede sufrir irritación en la piel. Ciertamente, los síntomas pueden ser más intensos en personas con la piel sensible, pero el sistema inmunológico no está implicado en la reacción.

 Para mitigar o disminuir esta irritación, es aconsejable aclararse en las duchas de la piscina nada más salir del agua, y, en los casos más sensibles, aplicar también crema emoliente para favorecer la hidratación de la piel. Por el contrario, usar un aceite protector o una crema barrera para crear una película impermeable sobre la piel antes del baño no es buena idea, pues puede favorecer la formación de una capa grasa en la superficie del agua, que haga poco agradable el baño para los restantes bañistas.

La irritación de los ojos (los famosos «ojos rojos») suele deberse a una sustancia llamada cloramina, que se forma por la reacción química que tiene lugar entre el cloro y el nitrógeno presente en el agua procedente de fluidos orgánicos como saliva, sudor y orina. Tampoco se trata de una alergia (pues el sistema inmunológico no está implicado), sino de un efecto irritativo, que puede evitarse usando gafas de bucear si se pretende abrir los ojos bajo el agua. A veces, este compuesto químico, la cloramina, puede producir también síntomas de asma, que son más frecuente en niños pequeños, porque suelen permanecer más tiempo en el agua, tienen menos cuidado para no ingerirla, y en sus pequeñas piscinas es más abundante la cloramina por una mayor concentración de los fluidos rogánicos referidos, especialmente la orina. El efecto irritante sobre los bronquios de la cloramina es más frecuente también en personas que padecen asma inducido por el ejercicio y practican la natación. Con frecuencia resulta útil para su prevención la inhalación preventiva de un broncodilatador de acción rápida (salbutamol, terbutalina) unos 15 o 20 minutos antes de realizar la actividad deportiva en la piscina.

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¿Existen obstáculos al uso de medicación contra el asma en las escuelas?

La pregunta con que hemos titulado esta entrada puede parecer un poco disparatada, pero la Asociación Americana del Pulmón (American Lung Association) ha informado recientemente de la identificación de algunos obstáculos al uso de medicación contra el asma en las escuelas. Su informe se refiere, lógicamente, por el ámbito de actuación de esta asociación, a las escuelas estadounidenses, pero reflexionar sobre esos posibles obstáculos nos permite extraer conclusiones extrapolables a nuestro medio.

El primer y principal obstáculo que identifican es la dificultad para identificar los síntomas de exacerbación asmática. El niño asmático puede empezar a sentirse mal, y es posible que no tenga información o experiencia suficientes como para saber cuándo debe pedir ayuda, o acudir a la enfermería del centro. Una demora en administrar el tratamiento de rescate puede empeorar las consecuencias de la crisis. Por ese motivo, es necesario que los propios docentes y educadores, además de conocer el padecimiento del niño enfermo y sus características, estén suficientemente formados y adiestrados para identificar precozmente las señales de alarma que deben llevarles a actuar.

Lo mismo puede decirse, por supuesto, respecto al manejo de la medicación inhalada de rescate. Los profesores deberían ser capaces de constatar si el niño está autoadministrándosela adecuadamente, y orientarle y ayudarle en caso de que no sea así.

Otro obstáculo que identifican es la prohibición de que el niño lleve consigo su propio tratamiento. Es razonable que un niño muy pequeño no lleve el medicamento consigo (razón de más para que el cuidador sea consciente de la enfermedad que padece y custodie el dispositivo inhalador siempre accesible en caso de crisis), pero a partir de determinada edad (y la asociación propone, con carácter general, la edad de 8 años) debería permitírsele llevarlo consigo si es suficientemente maduro.

También es importante que el servicio de enfermería esté suficientemente dotado, tanto de personal como de material, incluyendo los dispositivos inhaladores que sean necesarios.

Basándose en estos datos, la Asociación Americana del Pulmón propone una serie de medidas para solventar los problemas detectados:

  • Debe existir una adecuada comunicación entre padres y profesores, para que estos últimos sean conocedores de las circunstancias particulares que afectan a la salud sus alumnos y para que los primeros tengan oportunidad de implicarse en el manejo del asma de sus hijos en el colegio.
  • Los profesores y demás personal del centro educativo deben tener información y entrenamiento adecuados para detectar signos de alarma de descompensación y saber cómo actuar en su caso.
  • La comunidad educativa debería buscar consensos o elaborar protocolos que le permitan valorar la idoneidad de los niños para llevar consigo sus propios medicamentos.
  • Las autoridades sanitarias deberían habilitar canales de comunicación adecuados con las instituciones educativas para que éstas puedan recibir formación e información y solventar con facilidad sus dudas respecto a esta materia.
  • Las instituciones educativas deben asegurarse de que sus servicios internos de enfermería están adecuadamente dotados de personal y de medicación.

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