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La formación actual de los alergólogos

Cada año, los médicos que quieren especializarse en España tienen la posibilidad de presentarse a una prueba de ámbito estatal para optar a alguna de las plazas de especialistas en formación que se convocan: se trata del conocido examen MIR, una prueba selectiva y de carácter objetivo (es un examen tipo test, con lo cual a la hora de su corrección las respuestas no se prestan a interpretaciones dispares), en función de cuyo resultado los candidatos que superan un nivel mínimo son ordenados para elegir posteriormente las plazas disponibles por orden de puntuación. La cosa tiene algunos matices, como el hecho de que hay una fase de concurso en la que se valoran algunos méritos del historial académico del participante (con una importancia bastante reducida, casi anecdótica frente al peso de la puntuación alcanzada en el examen) o el hecho de que para conseguir una plaza de algún hospital privado (que también las hay) el candidato debe tener, además de la puntuación necesaria, el beneplácito previo de la institución en cuestión, pero básicamente el planteamiento del sistema es el descrito.

MIR

El sistema de formación es el llamado sistema de residencia, consistente en que el médico que ha elegido una especialidad en un hospital concreto se adscribirá al servicio del hospital en cuestión (o, en su caso, centro de salud) y participará en las actividades asistenciales, docentes e investigadoras  que dicho servicio lleva a cabo, durante un periodo de tiempo variable (cuatro o cinco años) a lo largo del cual irá asumiendo responsabilidades de forma progresiva hasta que, al final del periodo previsto, habrá adquirido los conocimientos y habilidades que se consideran propios de la especialidad: lo cual le hará acreedor del título de especialista.

Mientras dura el periodo de formación, los residentes (médicos internos residentes es su nombre completo: de ahí el acrónimo MIR) no son estudiantes en prácticas: son titulados universitarios en Medicina, es decir, médicos (médicos generales, todavía, eso sí), capacitados y habilitados para el diagnóstico y tratamiento de enfermedades, y realizan una función (en realidad, múltiples funciones: de índole asistencial, docente e investigador) en el hospital, por la cual reciben una retribución en forma de salario (que suele ser, con carácter general, inferior a la de sus compañeros ya especialistas con quienes comparten actividad).

El sistema, en conjunto, es bastante bueno. La selección y ordenación de candidatos se hace por un sistema objetivo, la formación que los médicos residentes reciben es de muy alta calidad, con un componente práctico evidente, y al mismo tiempo realizan funciones que revierten en beneficio de la institución en la que se están formando (no se les regala nada: realizan un servicio apreciable y apreciado, hasta el punto de que es un hecho asumido que al Sistema Nacional de Salud le resultaría francamente difícil mantener su funcionamiento si de la noche a la mañana tuviera que prescindir de los residentes).

No obstante, el proceso selectivo, en virtud de nueva normativa reglamentaria publicada este mismo verano, va a cambiar.  Se apuesta ahora por establecer unos años iniciales de formación genérica en distintos troncos (por eso se habla de «troncalidad«) y, tras un segundo filtro selectivo, un periodo de formación específica de la especialidad que se trate.

Los troncos propuestos se consideran excluyentes entre sí: Tronco Médico (en este primero quedará incluida la especialidad de Alergología), Tronco Quirúrgico, Tronco de Laboratorio… como si una especialidad médica pudiera englobarse en una de esas áreas haciendo abstracción de lo que tiene de otras; como si un cirujano pudiera desentenderse de los aspectos médicos de la enfermedad que opera (¿como los barberos de la Edad Media, tal vez?); como si un alergólogo pudiera desentenderse de la fuerte carga de trabajo de laboratorio que tiene la especialidad (el estudio a nivel molecular de los procesos alérgicos, el conocimiento íntimo de las reacciones inmunológicas que dan lugar a la clínica de las enfermedades alérgicas, …).

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Por múltiples razones, el nuevo sistema no convence a muchos: entre otras, esa artificiosa (y forzada) clasificación de las especialidades en troncos que sólo pueden abarcar una parte de su realidad, la introducción de un segundo filtro para elegir especialidad en un momento en que el aspirante ha invertido años en un tronco que limitará sus opciones exclusivamente a las especialidades comprendidas en el mismo, … Hay, incluso, colectivos descontentos que han recurrido a los tribunales solicitando la paralización del proyecto.

Sea cual sea el futuro del sistema MIR, esta nueva regulación no afectará al proceso recién convocado: hoy ha aparecido en el Boletín Oficial del Estado la convocatoria de la prueba selectiva para el acceso en el año 2015, y ésta se seguirá rigiendo por la normativa antigua. El Programa Formativo Oficial de la Especialidad de Alergología, entonces, de momento sigue siendo exactamente el mismo que en los últimos años.

Se entiende por Alergología la especialidad médica que comprende el conocimiento, diagnóstico y tratamiento de la patología producida por mecanismos inmunológicos, con las técnicas que le son propias, y el periodo de residencia está establecido en cuatro años, durante los cuales el médico residente adquirirá conocimientos y competencias que abarcan todo lo referido al funcionamiento normal y patológico del sistema inmunitario, con las manifestaciones clínicas que los trastornos del mismo pueden causar en cualesquiera órganos o aparatos, las técnicas diagnósticas para identificarlas y estimar su gravedad y las opciones de tratamiento que existen. Un programa diverso y completo, que abarca rotaciones por servicios clínicos y de laboratorio, y que puedes conocer con detalle (tal como está publicado en el Boletín Oficial del Estado) pulsando en el enlace:

Programa Oficial de la Especialidad de Alergología.

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Si cambian las bases del sistema de rotación MIR, no es descartable que este programa (como los de todas las demás especialidades) cambie en un futuro no lejano. No obstante, en cualquier caso, todavía habrán de transcurrir varios años (es previsible que no menos de cinco) antes de que puedan conseguir su título alergólogos que no se hayan formado de acuerdo con el programa aquí presentado.

Tabaquismo, paternidad y asma en la descendencia: resultados preliminares de un estudio interesante

Sabemos que el tabaco tiene capacidad mutagénica, es decir, es capaz de producir alteraciones en el material genético de la persona que fuma: algunos de sus efectos más temidos, concretamente su capacidad para producir diversos tipos de cáncer, se relacionan, precisamente, con la producción de mutaciones en el ADN de las células del fumador.

Sabemos también que el consumo de tabaco por parte de la madre durante el embarazo influye negativamente sobre el desarrollo de su hijo. Entre otras cosas, sabemos que el tabaquismo de la madre (incluso el pasivo, es decir, incluso cuando quien fuma es otra persona y ella sólo respira los productos exhalados por esa otra persona con el humo del tabaco) influye negativamente en la maduración del aparato respiratorio, y se relaciona con una mayor predisposición a infecciones respiratorias y una mayor probabilidad de asma.

Respecto al varón, sabemos que el tabaco, como otras drogas, puede alterar las características del semen, haciéndolo de menor calidad para conseguir un embarazo. No tenemos, sin embargo, mucha información sobre la posible influencia, si es que existe alguna, de la historia de tabaquismo del varón antes de la concepción sobre la salud de la descendencia: si existiera esa influencia, por pequeña que sea, ello podría interpretarse como una prueba de que la acción mutagénica del tabaco puede afectar a los espermatozoides.

Desde hace algún tiempo, un equipo de investigadores de la Universidad de Bergen (Noruega), liderados por Cecilie Svanes, está trabajando para conocer la influencia transgeneracional de factores medioambientales y estilos de vida sobre el desarrollo de asma y otras enfermedades alérgicas: es decir, investigan si tales factores favorecen el desarrollo de enfermedades en la descendencia de quienes han experimentado directamente su influencia.

Y una de las preguntas que se han formulado es si la historia de tabaquismo en el varón antes de la concepción tiene influencia en la probabilidad de desarrollo de asma por parte de sus hijos.

En el ámbito de la investigación científica, cuando los investigadores ya tienen resultados y conclusiones preliminares, no es raro presentarlos en algún congreso o reunión científica, a modo de avance, para posteriormente redactarlo con un mayor grado de detalle y publicarlo en un formato más amplio. La semana pasada, en el Congreso Internacional de la Sociedad Respiratoria Europea (ERS, por sus siglas en inglés), celebrado en Munich (Alemania), Svanes y sus colaboradores presentaron los resultados preliminares de un trabajo en el que han analizado el hábito tabáquico de más de 13.000 personas (hombres y mujeres) y la salud de sus hijos. Y esos resultados son, en cierto sentido, desconcertantes.

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En primer lugar, encuentran que los bebés cuyos padres (en masculino) fumaron antes de la concepción, tienen más riesgo de sufrir asma. Y esa relación era más evidente cuando el padre había empezado a fumar antes de los 15 años de edad; y también era más evidente cuanto más tiempo había estado fumando. Específicamente, si un varón había fumado durante más de 10 años antes de la concepción, el riesgo de que su hijo tuviera asma se incrementaría en un 50 %.

Lo primero que uno piensa es que, probablemente, muchos de esos padres que fumaban antes del embarazo podrían haber seguido haciéndolo durante el mismo, y que entonces lo que podríamos estar constatando sería la influencia sobre el hijo del tabaquismo pasivo de la madre (esto sería lo que se llama una relación espuria, un concepto del que hablaremos en futuras entradas y que puede inducir a conclusiones erróneas al valorar los resultados de un estudio científico). Pero Svanes y su equipo no son precisamente novatos. Han pensado en ello, y han valorado si el padre continuaba fumando durante la gestación, o había abandonado previamente el hábito: encontraron que, aún cuando el padre hubiese dejado de fumar hasta 5 años antes del embarazo, los hijos seguían teniendo un riesgo mucho mayor de asma que los hijos de padres que nunca habían fumado (¡casi el triple, en algunos casos!).

Tenemos que insistir en que se trata de resultados preliminares, que el trabajo completo aún no está publicado y que, por tanto, estas afirmaciones se basan en lo que la prensa (la prensa especializada y la prensa generalista) nos ha transmitido. Tendremos que esperar a poder leer el artículo completo para analizar sus resultados y sus conclusiones.

Pero, de momento, lo que podemos decir es que ya tienen toda nuestra atención.

Estaremos pendientes.