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El riesgo de un beso: ¿Puede un beso tener consecuencias para una persona alérgica?

El nuevo espacio de referencia cultural La Térmica, dependiente de la Diputación de Málaga, ha inaugurado el pasado viernes 10 de octubre una exposición del artista francés Robert Doisneau, uno de los representantes más importantes de la fotografía humanista, bajo el título «Robert Doisneau. Retrospectiva«. Entre el medio centenar de imágenes que allí se exponen, se encuentra una de las fotografías más reproducidas de la historia, que se ha convertido en un icono de la ciudad de París: la obra «La Baiser de l´Hotel de ville» (conocida en español como «El beso del Ayuntamiento«), realizada por el autor en 1950 en el contexto de un encargo de la revista Life.

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Esa imagen es, hoy, uno de los besos más famosos plasmados en las artes plásticas, como la fotografía que en 1945 tomó Alfred Eisenstaedt, recogiendo el beso de un marine y una enfermera norteamericanos en la euforia provocada por el final de la Segunda Guerra Mundial:

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Varias décadas antes, a finales del siglo XIX, el escultor francés Auguste Rodin (1840-1917) esculpía el más famoso beso inmortalizado en tres dimensiones: su obra El Beso, de la que él mismo realizó dos copias, además del original, que hoy se conservan en distintos museos.

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¿Y a qué viene, hoy, tanto beso?

Viene a que hace un par de días nos hicieron llegar la pregunta de si una alergia puede contagiarse por medio de un beso.

Los lectores habituales de este blog conocen la respuesta a esa pregunta, pues ya hemos abordado el tema en entradas anteriores, pero, puesto que se nos brinda la oportunidad, queremos insistir en que las enfermedades alérgicas no son contagiosas. En el desarrollo y manifestación de las enfermedades alérgicas intervienen, de forma compleja, factores genéticos y factores ambientales, pero no existe ninguna circunstancia que pueda determinar que una enfermedad alérgica se transmita de una persona a otra: y eso es independiente del tipo de alergia, y de las manifestaciones que pueda conllevar.

Ahora bien: así como también hemos hablado ya del riesgo que puede suponer para una persona alérgica el hecho de que una mascota lleve inadvertidamente en su saliva alérgenos, igualmente el beso puede ser el mecanismo por el cual la saliva de la persona que besa transporte alérgenos indeseables hasta la persona alérgica. Esta posibilidad es especialmente importante cuando hablamos de alergia a alimentos o alergia a fármacos, pues si han sido consumidos recientemente por la persona no alérgica, pueden quedar restos en su saliva. Cuidado con ésto.

No queremos terminar esta entrada sin recoger alguna obra pictórica que muestre un beso. Probablemente el beso más célebre de la historia de la pintura es «Der Kuss» («El Beso«) del autor austriaco Gustav Klimt, realizado entre 1907 y 1908:

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A diferencia de los besos anteriores, en este caso se trata de un beso sobre la mejilla. ¿Quiere eso decir que en este caso no hay riesgo? No.

Sí es cierto que la piel, a diferencia de la mucosa, tiene una capa externa relativamente resistente (la capa córnea) que, si está íntegra, hace más difícil que el alérgeno pueda entrar en contacto con la sangre o con capas internas de la piel donde pueda desencadenar una reacción inflamatoria.

Pero no es imposible.

Algunos alérgenos pueden atravesar esa capa, muy especialmente si está alterada (como ocurre en la dermatitis atópica), o también, por diversos mecanismos, el alérgeno puede llegar a las mucosas (labios, lengua, conjuntiva de los ojos, …). Y para que se produzca una anafilaxia puede resultar suficiente una cantidad mínima de alérgeno (recordemos: en materia de alergia, mínimo nunca es sinónimo de insignificante).

Así que, siempre, si la persona a quien mostramos nuestro cariño es alérgica a alimentos o medicamentos… más vale prevenir que curar.

Por cierto, la exposición sobre la obra de Robert Doisneau en La Térmica (Avenida de los Guindos nº 48 de Málaga), puede visitarse hasta el próximo 7 de enero.

Protocolo.

Con carácter general, un protocolo es un reglamento o una serie de instrucciones que se fijan por tradición o por convenio.

En el ámbito médico, debemos atender a la cuarta de las acepciones que el Diccionario de la Lengua de la Real Academia Española le atribuye: “Plan escrito y detallado de un experimento científico, un ensayo clínico o una actuación médica”. El protocolo, en el ámbito asistencial de la medicina, sería, entonces, el plan escrito y detallado de una actuación médica, fijado por convenio entre expertos en la materia.

Los protocolos médicos, entonces, son guías de actuación dirigidas a los profesionales, que contienen información sobre la forma de proceder para resolver determinados problemas de salud, generalmente para prevenir la aparición o transmisión de una enfermedad, o para llegar al diagnóstico o tratamiento de patologías específicas.

La correcta interpretación de los protocolos suele requerir una formación adecuada, y los conceptos en ellos expresados no pueden aplicarse de forma directa a pacientes concretos sin tener en cuenta las particularidades de cada caso.

Dependiendo del tipo de protocolo de que estemos hablando, y del ámbito o circunstancias en que su aplicación resulta procedente, los expertos que han procedido a su elaboración pueden ser grupos de trabajo de las sociedades científicas, o de colegios profesionales, equipos técnicos elegidos por las autoridades sanitarias, o incluso sujetos individuales con amplios conocimientos y experiencia en la materia, como podrían ser catedráticos de la disciplina. La elaboración de los protocolos nunca puede ser caprichosa: sus autores siempre deben tomar como referencia lo que la ciencia actual sabe sobre la mejor forma de resolver el problema de salud que en el documento en cuestión se aborda. Para eso, en una ciencia empírica como es la medicina (cuyo cuerpo de conocimientos se basa en la experimentación y en la descripción de lo observado), hay que tener siempre en cuenta lo que otros autores han demostrado previamente, y a ello quienes elaboran el protocolo pueden incorporar su propia experiencia y conocimientos, siempre que no resulten contradictorios con lo que está aceptado por la comunidad científica por haber sido demostrado con anterioridad.

El protocolo debe ser conocido y aceptado por quienes deben aplicarlo en la práctica, pues en caso contrario no podemos confiar en que será aplicado.

En conclusión, un protocolo, en el ámbito médico, es un documento que plasma la mejor forma de abordar un problema de salud concreto, para proporcionar una guía de actuación, basada en el conocimiento científico, a los profesionales que en la práctica pueden encontrarse ante esa situación específica.

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Entonces, ¿los protocolos médicos son de aplicación obligatoria?

Es una afirmación sobradamente conocida la de que “la medicina no es una ciencia exacta”. Esta frase hace referencia a que la variabilidad biológica de las personas determina que ningún ser humano reaccione a la enfermedad o a los agentes nocivos de un modo exactamente igual a otro, por lo que todo en medicina está inevitablemente sujeto a un componente mayor o menor de incertidumbre. Nada es matemático en medicina, no existen leyes de predicción o de intervención que puedan considerarse infalibles de forma absoluta.

El conocido aforismo “No existen enfermedades, sino enfermos” se ha atribuido a tantos autores distintos (desde Hipócrates hasta Gregorio Marañón, pasando por Claude Bernard) porque cualquier médico se identifica con su contenido: aunque en las Facultades de Medicina se estudian enfermedades, como conceptos con entidad propia, en la práctica médica éstas pueden presentarse de formas tremendamente variadas, en sus manifestaciones, evolución y respuesta a los tratamientos, dependiendo de las características de las persona que las padecen.

Aunque los protocolos pueden intentar incorporar posibles variaciones de la situación a resolver, presentándolas en ocasiones en forma de árboles de decisión (“si se presenta tal circunstancia, entonces se actuaría de tal modo…; si no se presenta tal circunstancia, entonces la actuación sería esta otra”), la variabilidad de las formas de enfermar del ser humano es tan ingente que nunca un protocolo conseguirá contener todas las posibilidades que pueden darse en la práctica. El médico que se encuentra con una circunstancia que no está prevista en el protocolo debe actuar guiado por sus conocimientos, siempre de acuerdo con el conocimiento científico (con lo que los médicos llamamos “la evidencia científica”) y con el consentimiento del propio paciente. A veces, esa actuación, necesaria por las peculiaridades del caso, implica obrar de modo diferente a lo que el protocolo establece, “saltarse” el protocolo. Y esto es así independientemente de que hablemos de enfermedades infecciosas, alérgicas o de cualquier otro tipo, o de actuaciones preventivas, diagnósticas o terapéuticas.

Por ese motivo, los protocolos en medicina, con carácter general, deben entenderse como orientativos, y no necesariamente vinculantes. Un médico no está obligado a seguir el protocolo siempre y en todos los casos (eso podría hacerlo una máquina, la cual, evidentemente, entonces, no contemplaría las posibles circunstancias especiales de cada paciente, con el consiguiente perjuicio potencial para éste). Pero tampoco puede saltarse de modo arbitrario un protocolo conocido y aceptado: el médico que se salta el protocolo sí debe poder explicar, en cada caso, las circunstancias o motivos por las que, en esa situación concreta, ha decidido no aplicarlo.

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