Un día triste

Hoy ha sido un día triste.

Si cualquier muerte es lamentable, cuando quien fallece es un niño de seis años, por una causa presuntamente evitable, todos nos rebelamos.

Por eso, no es de extrañar que los medios de comunicación hayan dedicado tanto espacio y/o tiempo a la muerte de un niño de seis años por un cuadro compatible (afirmarlo de forma rotunda no será del todo prudente hasta disponer de los resultados de la autopsia) con una reacción anafiláctica.

En las últimas semanas nos hemos referido, desde este mismo blog, al Día Mundial del Asma, al Día Internacional del Celiaco, al Día Mundial de la Seguridad y Salud en el Trabajo, a la Semana Mundial de la Alergia centrada en la anafilaxia, …tantos eventos que llega uno a preguntarse si realmente está justificado recabar la atención de la opinión pública y de las instituciones de un modo tan recurrente para asuntos relacionados con las enfermedades alérgicas. Lamentablemente, parece que no sólo está justificado, sino que es necesario y nunca suficiente.

Cualquier campaña informativa, cualquier iniciativa de educación o divulgación en este ámbito, persigue concienciar a todos cuantos puedan tener alguna responsabilidad en el cuidado y la promoción de la salud de las personas, empezando, por supuesto, por los propios enfermos, de que la enfermedad alérgica no es una simple molestia, sino que puede tener implicaciones graves e incluso, como en este caso, dramáticas.

Hoy hemos visto cómo, con la mejor de las voluntades, muchos medios de comunicación general (probablemente utilizando información procedente de la misma fuente, quizás la misma agencia de noticias), han confundido reiteradamente alergia a las proteínas de la leche de vaca con intolerancia a la lactosa, cuando ambas patologías son radicalmente diferentes en sus fundamentos y en sus consecuencias, como precisamente comentábamos ayer. Es importante que todos, y muy especialmente quienes tienen responsabilidad de cuidado de personas alérgicas a la leche, tengamos diáfanamente claro que una persona alérgica a las proteínas de la leche de vaca no va a tolerar productos lácteos por el hecho de que éstos sean bajos en lactosa, pues no es precisamente la lactosa lo que le hace daño: las proteínas que se comportan como alérgenos, las verdaderas causantes del problema, seguirán presentes en ese producto bajo en lactosa.

La lactosa es un glúcido, un azúcar de la leche compuesto de una molécula de glucosa y otra de sacarosa, para cuya metabolización hace falta una enzima, la lactasa, que es precisamente la que falta en las personas intolerantes. La intolerancia a la lactosa puede condicionar síntomas diversos, la mayoría de ellos vinculados al aparato digestivo (como flatulencias, dolor abdominal, diarrea, …) o, en casos graves, derivados de malabsorción (pérdida de peso, desnutrición, crecimiento lento cuando ocurre en niños), pero no dará lugar a una anafilaxia, pues el sistema inmunológico no está implicado aquí como sí lo está, por el contrario, en la alergia a las proteínas de la leche de vaca.

Es imperativo ahora sacar consecuencias que permitan evitar casos dramáticos en el futuro. Las personas que cuidan niños (no sólo los padres de niños alérgicos, sino también los educadores) deben tener una formación básica en alergia que les permita identificar las causas de los problemas para poder evitarlas y saber cómo reaccionar en caso de urgencia.

Ya vimos que la adrenalina en dispositivos precargados constituye un recurso muy útil que puede contribuir a salvar vidas. Igual que muchos de los edificios públicos y espacios donde puedan reunirse personas se dotan de forma preventiva de desfibriladores semiautomáticos para utilizarlos en caso de acontecer una parada cardiorrespiratoria, no es descabellado que, al menos, los centros educativos tengan dispositivos precargados de adrenalina por si alguna vez fuera necesaria; eso sí: con su personal adecuadamente formado para su manejo correcto.

De momento, queremos proporcionar a nuestros lectores la referencia a dos documentos de carácter informativo y formativo sobre este asunto que nos parecen de lectura interesante:

– La Guía Informativa Sobre Alergia a Alimentos y/o al Látex para una Escolarización Segura editada conjuntamente en 2013 por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte y el Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad,

– Y la  Guía para Profesores sobre Alergia a Alimentos y Alergia al Látex editada en 2010 por la Asociación Española de Alérgicos a Alimentos y al Látex con el apoyo, entre otras, de la Sociedad Española de Alergología e Inmunología Clínica.

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Alergia, intolerancia, toxicidad y aversión.

Como señala la Alergopedia en su entrada correspondiente, la Alergia es una respuesta exagerada del organismo, en la cual están implicados mecanismos inmunológicos, frente a sustancias que para la generalidad de las personas no resultan nocivas ni representan ningún peligro. Esas sustancias capaces de activar de forma anómala el sistema inmune de la persona predispuesta (sensibilizada), desencadenando así una respuesta alérgica, reciben el nombre de alérgenos. En el ámbito de las alergias alimentarias, es habitual reservar el término de «alergias alimentarias» para aquellos cuadros en cuyo desencadenamiento está implicada la Inmunoglobulina E (IgE), y en tales casos los alérgenos suelen ser proteínas o contener partes de proteína en su molécula. La IgE hace que se liberen del interior de algunas células (como los mastocitos y los basófilos) moléculas que producen inflamación (reciben el nombre de «mediadores de la inflamación»), como la histamina (es la más típica y la que suele mencionarse, aunque no es la única).

De acuerdo con los criterios de la World Allergy Organization, toda reacción adversa producida por la ingesta de alimentos y mediada por IgE puede ser categorizada como una Alergia Alimentaria. Los síntomas de las alergias alimentarias pueden ser muy variados, desde una reacción local en el aparato digestivo (de entre las cuales la más fácilmente identificable es la que puede producirse en la mucosa de los labios o la boca, con hinchazón y picores intensos), erupciones en la piel, con enrojecimiento, hinchazón y también picores; síntomas digestivos como dolor abdominal, diarrea o vómitos; síntomas en las vías respiratorias, en forma de crisis asma, por ejemplo; o incluso podía acontecer una anafilaxia.

Con carácter general, suele emplearse el término Intolerancia alimentaria para referirnos a aquellas situaciones en las que un alimento produce reacciones adversas en una persona por causa de circunstancias especiales de esa persona (una predisposición especial) pero sin implicación de la IgE. En ese concepto pueden englobarse situaciones en las que la reacción se debe al sistema inmunológico (ya vimos que la celiaquía es un ejemplo claro de ésto) y situaciones en las que no: en estos últimos casos, es frecuente que haya algún defecto metabólico, el déficit de alguna enzima que resulta necesaria para el procesamiento normal de los alimentos y cuya ausencia condiciona la aparición de síntomas.

Aunque, en un sentido purista, las situaciones en que la reacción adversa se debe a implicación del sistema inmunitario podrían considerarse variantes de alergia, en la práctica se suele hablar de «intolerancia alimentaria de causa inmunológica«, reservando el término de alergia alimentaria para los casos en los que hay participación de la IgE.

Un ejemplo claro y frecuente de intolerancia alimentaria de causa no inmunológica es la intolerancia a la lactosa, que se debe a la falta de la enzima (lactasa) responsable de su metabolización.

La Toxicidad, por el contrario, no depende de una sensibilidad especial de la persona, sino que es una característica intrínseca del producto ingerido. Cuando decimos que un alimento es tóxico, nos referimos a que es nocivo para cualquier persona que lo ingiera (si bien, lógicamente, por factores constitucionales, hay personas que se pueden ver menos afectadas que otras): ya sea porque se ha contaminado con alguna sustancia nociva, o porque en él hayan crecido gérmenes capaces de producir una infección.

Finalmente, hay otro término que puede verse, en ocasiones, relacionado con los anteriores, pero que también tiene entidad propia: se trata del término Aversión. Decimos que una persona tiene aversión a un alimento cuando lo rechaza por causas psicológicas. Puede ocurrir que haya tenido una experiencia negativa previa con ese alimento, y le cause repugnancia, o que la ingesta del alimento en cuestión sea contraria a sus convicciones más profundas y por ello le suscite rechazo, o puede ocurrir que tenga una intolerancia de cualquier causa, no diagnosticada, y simplemente relacione (aunque sea inconscientemente) su ingesta con el malestar que le sobreviene tras la misma.

Alergia alimentaria, intolerancia, toxicidad y aversión son, por tanto, términos diferentes que hacen referencia a situaciones diferentes. Aunque no podamos descartar que, en alguna ocasión, puedan coincidir más de una en relación con un mismo alimento.

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