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¿Qué aporta a los niños alérgicos el teléfono contra el acoso escolar puesto en marcha por el Ministerio?

La existencia de circunstancias especiales que dificultan la integración de un niño en su grupo de iguales es uno de los factores que los expertos señalan como indicadores de riesgo de sufrir acoso escolar. Algunas enfermedades pueden representar uno de esos factores. Es el caso de las enfermedades alérgicas, tanto las alergias alimentarias, que obligan a llevar una dieta especial y a mantener un cuidado exquisito con lo que se ingiere dentro y fuera del comedor, como algunas alergias respiratorias, que en situaciones de mal control pueden mermar la capacidad de ejercicio del niño enfermo, lo cual podría condicionar su participación o rendimiento en juegos y deportes de competición.

Ayer, martes 1 de noviembre, comenzó a funcionar el nuevo teléfono contra el acoso escolar habilitado por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte. Se trata del número 900 018 018, que sus promotores defienden como fácil de recordar porque el número 018 puede asociarse con la edad de los escolares: de 0 a 18 años.  Se trata de un teléfono gratuito, confidencial, que no deja rastro en la factura y que estará operativo las 24 horas del día durante los 365 días del año. En el equipo implicado trabajarán psicólogos, trabajadores sociales y juristas en colaboración con las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Estos profesionales pondrán en conocimiento de la Inspección educativa cada caso, y los casos graves se derivarán a la Policía.

Para las personas con discapacidad auditiva o del habla, se habilita también un servicio de mensajería de texto, así como la atención de un especialista en lengua de signos por video-chat o video-llamada.

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Cualquier iniciativa orientada a evitar el acoso escolar, y a ayudar a quienes los sufren, es bienvenida. No obstante, y sin perjuicio de lo anterior, creemos que, en el caso de los escolares alérgicos, hay todavía mucho que trabajar en lo referente a la información, formación y concienciación de los profesionales del propio centro educativo, y que ese enfoque podría disminuir la necesidad de recurrir a ayuda externa (en muchos casos, incluso hacerlo completamente innecesario). Es nuestra percepción que muchos escolares alérgicos se enfrentan todavía al desconocimiento y la incomprensión de sus propios educadores, y que una adecuada implicación de éstos facilitaría la integración de los niños enfermos en su grupo de iguales.

Está bien, por supuesto, contar con la posibilidad de contactar con desconocidos mediante un número de teléfono que no deje rastro en la factura, pero estaría todavía mejor que todos los educadores y otros profesionales que trabajan en contacto diario con estos niños conocieran y comprendieran realmente sus necesidades especiales, y estuvieran motivados e implicados en conseguir que esas necesidades no se convirtieran en limitaciones para que la relación con sus compañeros sea completamente normal.

Es una idea.

 

El alérgeno del mes: La calabaza

Halloween (contracción de All Hallows’ Even, ‘Víspera de Todos los Santos’), también conocido como Noche de brujas, es una fiesta que se celebra en la noche del 31 de octubre, sobre todo en países anglosajones, cuyas raíces están vinculadas, además de con alguna festividad celta, con la festividad cristiana del Día de Todos los Santos, celebrada por los católicos el 1 de noviembre.

Uno de los símbolos más conocidos de la festividad de Halloween es la imagen de una calabaza hueca en cuya superficie se han tallado los orificios necesarios para esculpir en ella un rostro grotesco o macabro: un símbolo que recibe el nombre de «jack o’lantern» cuando en el interior de la calabaza hueca y tallada se introduce una vela encendida para utilizarla como lámpara.

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Por eso, hemos decidido analizar hoy la calabaza como alérgeno del mes.

Las calabazas son miembros de la familia de las cucurbitáceas, la cual también incluye el calabacín, el pepino, el melón y la sandía. La calabaza es, concretamente, del género Cucurbita, originario de América, donde se distribuye en forma silvestre desde las zonas templado-frescas de los Estados Unidos a las de Argentina y Uruguay. Algunas de sus especies son ampliamente cultivadas por sus frutos, redondeados y comestibles, de los que se consume la pulpa y las semillas.

Los registros arqueológicos indican que en América se cultivaba ya hace más de 5.000 años, por lo que se trata de uno de los cultivos más antiguos. Tras el contacto de Europa con América, los frutos y las semillas de las variedades cultivadas fueron llevados a otros continentes, en los cuales son cultivadas desde hace siglos con buena adaptación a los climas más diversos.

Se ha descrito la alergia a la pulpa y a las semillas, las cuales, desecadas, se pueden consumir de forma independiente, como si fueran frutos secos (pipas de calabaza). Aunque existía la creencia de que las personas alérgicas a la pulpa lo serían también a las semillas de calabaza, una revisión firmada por Patel y Bahna publicada este mismo año en la revista Allergy, «Hypersensitivities to sesame and other common edible seeds» («Hipersensibilidad al sésamo y otras semillas comestibles«), apunta exactamente a lo contrario, es decir, que la alergia a la pulpa y la alergia a las semillas podrían no estar asociadas.

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La vía de entrada, además de la digestiva, puede ser cutánea (pudiendo causar dermatitis o urticaria en personas sensibilizadas al tocar la pulpa o las semillas) o incluso respiratoria (por inhalación de los vapores de cocción de la pulpa).

Puede existir reacción cruzada con otros miembros de la familia de las Cucurbitáceas: es decir, una persona alérgica a la calabaza podría serlo también al calabacín, pepino, melón o sandía. En alguno de estos casos se ha descrito también sensibilización cruzada con el polen de la ambrosía, en un ejemplo de lo que llamamos síndrome polen-alimentos vegetales.

Aunque todavía no se han caracterizado satisfactoriamente los alérgenos de este vegetal que dan lugar a alergia, y ni siquiera sabemos si son los mismos los que están presentes en la pulpa y en las semillas (aunque, por los datos referidos más arriba, cabe asumir que, al menos los principales, son diferentes), sabemos que uno de los alérgenos proteicos identificados en la pulpa de calabaza es la profilina; cuando la alergia alimentaria se produce por sensibilización a esta molécula, los síntomas se suelen limitar a la cavidad oral y sus inmediaciones, produciendo síndrome de alergia oral, debido a que se trata de moléculas sensibles al pH ácido del estómago y a algunas enzimas digestivas.

En otras ocasiones, por el contrario, el cuadro puede evolucionar a una anafilaxia: según la misma revisión de Patel y Bahna a la que nos referíamos antes, de cinco casos publicados con reacciones alérgicas tras comer semillas de calabaza, cuatro de ellos se habían presentado como anafilaxia.

En la actualidad, el único tratamiento posible para evitar una reacción a la calabaza por parte de personas alérgicas es evitar cualquier alimento que la contenga. La calabaza no es uno de los 14 alérgenos que contempla la regulación especial que establece el Reglamento (UE) nº 1169/2011 del Parlamento Europeo y del Consejo, por lo que las personas alérgicas deben estar muy atentas a la composición de los alimentos procesados enlatados y envasados, así como a la de los alimentos no envasados que se sirven en los establecimientos de hostelería. También deben tener presente que existen mezclas comerciales para hornear que contienen polvo de semilla de calabaza o extractos. Y es aconsejable evitar el contacto de la piel con las calabazas y sus semillas.

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