Todas las entradas de: José Luis de la Fuente

Los llames como los llames… mejor que no los inhales

Hace algo menos de un mes, en este mismo blog, argumentábamos cómo la precisión deseable en el lenguaje médico hace que la polisemia (el fenómeno por el que una misma palabra tiene más de un significado) sea muy poco frecuente en medicina. La sinonimia (esto es, cuando dos palabras diferentes tienen un mismo significado), sin embargo, no atenta, en absoluto, contra la precisión, y es bastante frecuente en el lenguaje médico.

Un ejemplo de sinonimia lo constituyen el conjunto de palabras o expresiones que utilizamos (generalmente, de forma indistinta) para referirnos a los alérgenos que, transportados por el aire, pueden entrar en contacto con las vías respiratorias del ser humano u otras mucosas, y producir una alergia respiratoria.

Aeroalergeno es uno de esos términos. Incorpora, como puede verse, el prefijo aero-, que hace referencia a su vinculación con el aire. Es un término tremendamente utilizado en la disciplina de Alergología, aunque, por su especificidad, ni siquiera aparece en el Diccionario de Términos Médicos de la Real Academia Nacional de Medicina (y tampoco, lógicamente, en el Diccionario de la Lengua de la Real Academia Española, pues este último tiene un carácter más general).

Neumoalergeno es un término que se utiliza como sinónimo del anterior. Incorpora el prefijo neumo-, que procede del griego y significa «perteneciente o relativo al pulmón».

Nótese que tanto esta palabra como la anterior se utilizan casi exclusivamente como palabras llanas, aunque lo lógico sería que conservaran la condición de esdrújula del término alérgeno.

También es habitual encontrar la expresión «alérgenos inhalantes«, ya que el término inhalante (ausente de igual modo en el Diccionario de la Lengua de la Real Academia Española), significa, según el Diccionario de Términos Médicos de la Real Academia Nacional de Medicina, «que puede ser inhalado», y se considera sinónimo de inhalatorio: por ello, «alérgenos inhalatorios» o «alérgenos inhalados» son expresiones prácticamente intercambiables.

Cualquiera de esas denominaciones puede emplearse, pues, para referirnos a esas sustancias vehiculizadas por el aire que pueden causar alergia al ser inhaladas por las personas. Entre ellas, lógicamente, los pólenes y las partículas procedentes de los ácaros del polvo doméstico (a las que, en sentido amplio, nos referimos de forma genérica como «ácaros del polvo doméstico», pero que realmente se trata de sus excretas y de fragmentos de sus cuerpos) o de otros artrópodos (como las cucarachas), pero también otras de procedencia diversa como los epitelios y pelos de animales, hongos (cuyas esporas pueden igualmente ser vehiculizadas por el aire), o incluso partículas de látex, una sustancia de la que hablaremos en futuras entradas: en sentido estricto, podría defenderse que cualquier sustancia capaz de acceder al aparato respiratorio y producir una alergia por esa vía podría considerarse un aeroalergeno, pero, en la práctica, reservamos esta expresión (perdón: estas expresiones) para referirnos a aquellas sustancias que se comportan como tal de forma habitual.

Morguefiles-Longview_Lake_Sacajawea_5-11

El turno del olivo

En los últimos días estamos constatando un descenso significativo de los niveles de polen de plátano de sombra, un árbol muy apreciado ornamentalmente y habitual en nuestras ciudades, que había alcanzado concentraciones altas en las semanas previas, y afortunadamente ahora está en retroceso.

En su lugar, empieza a notarse la presencia del polen de olivo, en claro aumento progresivo. A diferencia de otras zonas de la Península, en gran parte de Andalucía el polen de olivo es precisamente el que más frecuentemente produce alergia, y se trata de un árbol casi omnipresente en los paisajes de nuestras provincias, fundamentalmente en forma de grandes extensiones de cultivo, pero también en el interior, incluso, de pueblos y ciudades.

Durante la Semana Santa pasada se han constatado niveles de polen de olivo incluso superiores a 100 granos por metro cúbico de aire, en el inicio de una escalada que acaba de comenzar y que en años anteriores ha alcanzado varios miles de granos por metro cúbico (el máximo registro histórico de que tenemos constancia en la provincia de Málaga tuvo lugar en la comarca de Antequera a mediados de mayo de 1999, con 4688 granos/m3).

John Branch

La imagen que ilustra estos párrafos corresponde a un chiste de John Branch publicado en 2012, en el que se exagera el fenómeno de la polinización estacional, presentando un escenario equiparable al que podría condicionar una gran nevada nocturna: «¡Mirad!, ¡esta noche ha polinizado!», exclama un ilusionadísimo niño ante la extraordinaria visión que contempla desde su ventana, completamente ajeno al sufrimiento (físico, en forma de rinitis) que la circunstancia provoca en sus mayores.

Se trata, como hemos dicho, de una clara exageración: no es habitual que la concentración de polen sea tal que pueda formar grandes capas visibles, como ocurre en el dibujo. Aunque tampoco podemos decir que sea del todo imposible: en febrero de 1997 se presenció en Málaga una gran nube amarilla de polvo que llegó a depositarse sobre toda la superficie de la ciudad, dejando una capa amarillenta sobre aceras, tejados, terrazas, balcones y techos de los coches, y cuyo análisis microscópico demostró que se trataba de polen de pino (el tamaño de cuyos granos, por otra parte, es significativamente mayor que el de los granos del polen de olivo).

Pero eso es un fenómeno excepcional. No es fácil que volvamos a verlo. Ni tampoco es, claro está, deseable.

Y mucho menos tratándose de polen de olivo.