Septiembre, desde su umbral.

¿Por qué septiembre se nos presenta habitualmente tan cargado de melancolía? ¿Por qué su mero nombre nos evoca un ramalazo de nostalgia tan compartido que no es raro que los artistas (músicos, cineastas, poetas, …) recurran a él para inspirar una tristeza serena? ¿Será, tal vez, porque representa el final de un verano que ha podido ser rico en experiencias y relaciones (y quizá todos hemos tenido, al menos, un verano así alguna vez en la vida)? ¿Porque nos anticipa la llegada inminente del otoño, con su clima más desapacible que podrá limitar las posibilidades de ocio y las actividades sociales? ¿Porque lo entendemos como la metáfora del final de una etapa de esplendor, del inicio de una decadencia, del atisbo de la senectud?: con ese sentido se ha usado frecuentemente en el mundo de la música, como es el caso de la canción “September song” (“Canción de septiembre“), de Kurt Weill, un tema recurrentemente grabado desde 1938 por diversos cantantes e instrumentistas, una de cuyas versiones, a cargo de la trompeta jazzística de Chet Baker, os dejamos al final de esta entrada.

Si con carácter general septiembre representa la vuelta a la rutina, para muchas personas alérgicas supone retomar el contacto con alérgenos que se habían dejado temporalmente atrás, o exponerse de nuevo al riesgo.

El clima se hace más favorable para los ácaros del polvo doméstico, que se reproducen con mayor profusión (sobre todo, porque aumenta significativamente la humedad ambiental sin que haya llegado todavía el frío, y porque ya no mantenemos las ventanas y balcones tanto tiempo abiertos de par en par), y algunas personas alérgicas notan también un aumento de los síntomas al regresar a sus residencias habituales, con sus moquetas, bibliotecas, salones y dormitorios recargados, tras haber pasado algún tiempo en estancias veraniegas amuebladas con lo imprescindible.

Algunas plantas liberan en esta época cantidades importantes de polen con propiedades alergénicas, como las quenopodiáceas y amarantáceas, plantas de tipo herbáceo o arbustivo de las que especialmente las primeras son muy abundantes en nuestro entorno.

Si algún asmático, confiado por las condiciones ambientales más favorables, hubiera abandonado su tratamiento de base durante las semanas previas, se expone ahora a una exacerbación de sus síntomas, a veces grave. Si es tu caso, no esperes a que se produzca: si tienes prescrito un tratamiento antiinflamatorio de mantenimiento que nunca debiste abandonar, retomálo ya (ayer mejor que hoy, y hoy mejor que mañana), antes de que experimentes lo que se conoce como “el pico de asma de septiembre“.

El regreso de los niños al colegio puede representar nuevo contacto con alérgenos respiratorios diversos, y el hecho de que coman fuera de casa puede suponer una preocupación adicional para ellos mismos y sus padres cuando hay una alergia o una intolerancia alimentaria implicadas.

También el regreso al trabajo puede suponer la reaparición, en muchos casos, de síntomas respiratorios o cutáneos que habían desaparecido o disminuido significativamente durante el periodo vacacional. Si ese fuera tu caso, y no tienes un diagnóstico, consúltalo con tu médico, pues podría tratarse de una alergia ocupacional desencadenada por un alérgeno presente en el entorno de trabajo.

Hay quien habla, en un ejercicio de medicalización de situaciones normales de la vida que no compartiremos, de “depresión postvacacional”. Lejos de compartir ese planteamiento, nosotros recordamos a nuestros pacientes alérgicos que los estados de ánimo, cuando son congruentes con las circunstancias externas, con frecuencia son reacciones normales que no han interpretarse como patológicas, y que si es cierto que en los días próximos pueden enfrentarse a riesgos nuevos o a más preocupaciones, mantenerse alerta y actuar de forma preventiva nos ayudará a evitar los problemas o a minimizar sus consecuencias.

 Os dejamos con Chet Baker y su “Canción de septiembre“:

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