Los llames como los llames… mejor que no los inhales

Hace algo menos de un mes, en este mismo blog, argumentábamos cómo la precisión deseable en el lenguaje médico hace que la polisemia (el fenómeno por el que una misma palabra tiene más de un significado) sea muy poco frecuente en medicina. La sinonimia (esto es, cuando dos palabras diferentes tienen un mismo significado), sin embargo, no atenta, en absoluto, contra la precisión, y es bastante frecuente en el lenguaje médico.

Un ejemplo de sinonimia lo constituyen el conjunto de palabras o expresiones que utilizamos (generalmente, de forma indistinta) para referirnos a los alérgenos que, transportados por el aire, pueden entrar en contacto con las vías respiratorias del ser humano u otras mucosas, y producir una alergia respiratoria.

Aeroalergeno es uno de esos términos. Incorpora, como puede verse, el prefijo aero-, que hace referencia a su vinculación con el aire. Es un término tremendamente utilizado en la disciplina de Alergología, aunque, por su especificidad, ni siquiera aparece en el Diccionario de Términos Médicos de la Real Academia Nacional de Medicina (y tampoco, lógicamente, en el Diccionario de la Lengua de la Real Academia Española, pues este último tiene un carácter más general).

Neumoalergeno es un término que se utiliza como sinónimo del anterior. Incorpora el prefijo neumo-, que procede del griego y significa “perteneciente o relativo al pulmón”.

Nótese que tanto esta palabra como la anterior se utilizan casi exclusivamente como palabras llanas, aunque lo lógico sería que conservaran la condición de esdrújula del término alérgeno.

También es habitual encontrar la expresión “alérgenos inhalantes“, ya que el término inhalante (ausente de igual modo en el Diccionario de la Lengua de la Real Academia Española), significa, según el Diccionario de Términos Médicos de la Real Academia Nacional de Medicina, “que puede ser inhalado”, y se considera sinónimo de inhalatorio: por ello, “alérgenos inhalatorios” o “alérgenos inhalados” son expresiones prácticamente intercambiables.

Cualquiera de esas denominaciones puede emplearse, pues, para referirnos a esas sustancias vehiculizadas por el aire que pueden causar alergia al ser inhaladas por las personas. Entre ellas, lógicamente, los pólenes y las partículas procedentes de los ácaros del polvo doméstico (a las que, en sentido amplio, nos referimos de forma genérica como “ácaros del polvo doméstico”, pero que realmente se trata de sus excretas y de fragmentos de sus cuerpos) o de otros artrópodos (como las cucarachas), pero también otras de procedencia diversa como los epitelios y pelos de animales, hongos (cuyas esporas pueden igualmente ser vehiculizadas por el aire), o incluso partículas de látex, una sustancia de la que hablaremos en futuras entradas: en sentido estricto, podría defenderse que cualquier sustancia capaz de acceder al aparato respiratorio y producir una alergia por esa vía podría considerarse un aeroalergeno, pero, en la práctica, reservamos esta expresión (perdón: estas expresiones) para referirnos a aquellas sustancias que se comportan como tal de forma habitual.

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