Hace mucho tiempo, en una galaxia lejana… Han Solo y la exasperante alergia al pelo de wookie.

Precedida por un despliegue promocional sin precedentes, hoy, viernes 18 de diciembre, se estrena la película Star Wars: El Despertar de la Fuerza. Se trata del séptimo episodio de la saga, y probablemente ninguna película en la historia ha creado tanta expectación como ésta antes de su estreno.

Fue el 25 de mayo de 1977 cuando se estrenó, tras superar numerosas dificultades durante su producción, la película Star Wars (traducida aquí como “La Guerra de las Galaxias“), dirigida por George Lucas, que dio origen a la franquicia. Su éxito de público hizo posible continuar y ampliar la historia en películas posteriores, con adaptaciones a otros medios (cómics, novelas, videojuegos) y desarrollo de productos derivados, hasta convertirse en una de las franquicias de mayor aceptación mundial, que hace unos años fue adquirida por Disney.

La película Star Wars (a la que, posteriormente, para diferenciarla de sus secuelas, se le añadió el subtítulo “Una Nueva Esperanza“) era una película de ciencia ficción con un planteamiento extraordinariamente inusual (y, por tanto, original) en su época. Se trataba de una película de aventuras,  sin aparentemente más pretensiones que la de hacer pasar al público un rato divertido, en la que el trío protagonista (personajes interpretados por Mark Hammill, Harrison Ford y Carrie Fisher), junto a dos robots entrañables que aportaban un toque cómico y que inmediatamente se convirtieron en iconos reconocibles de la saga, se veían abocados a enfrentarse con malvados poderosos a los que, contra todo pronóstico, terminarían venciendo. Como ejercicio narrativo, la película original se presentaba como “Episodio IV”, para dar a entender que los acontecimientos narrados se desarrollaban en un contexto mucho más amplio, del cual el espectador sólo podría tener conocimiento parcial: porque, realmente, el verdadero protagonista de la historia no eran los humanos, ni los robots, ni las múltiples y diversas especies extraterrestres que se van presentando a lo largo del metraje, sino el propio escenario, la Galaxia, el Universo. Y es que los acontecimientos narrados en Star Wars tienen lugar en una galaxia ficticia y en un tiempo inconcreto: sólo se dice, al inicio, que ocurrieron “hace mucho tiempo, en una galaxia lejana”. Una galaxia poblada por las más sorprendentes criaturas: criaturas más o menos evolucionadas; algunas, fascinantes, otras repulsivas; hostiles o huidizas, peligrosas o frágiles, antropomorfas o con formas inverosímiles, … una galaxia cuyos pobladores y cuyos matices se han ido ampliando posteriormente a lo largo de los años.

La película Star Wars de 1977 (“Una Nueva Esperanza“) se ha llegado a describir como “un western de ambientación espacial”, porque su argumento de persecuciones, emboscadas, combates con armas de fuego, en un planteamiento a ratos maniqueo (el “lado luminoso” frente al “lado oscuro”, en los que hoy Google basa su Doodle), con personajes de procedencias y culturas muy diversas, puede ofrecer reminiscencias de los esquemas que seguían algunas películas del oeste… con especial mención de ese inesperado rescate final en un momento crítico a cargo del mercenario Han Solo (gracias al que los niños de la época entendimos con todas sus implicaciones el concepto de redención), que resultaba completamente equiparable a la llegada provindencial de la caballería.

Y es, precisamente, de Han Solo (personaje interpretado por Harrison Ford), de quien queremos hablar. O más bien, de su socio, Chewbacca, o de ambos.

Compañero inseparable del mercenario, Chewbacca es un wookie, una de esas criaturas extrañas que proceden de planetas remotos: tiene el aspecto de un oso estilizado, bípedo y con pelo largo, inteligente y capaz de comunicarse por medio de gruñidos, aullidos o sonidos guturales que resultarían ininteligibles para el espectador si no se acompañaran de un elocuente lenguaje no verbal.

Sabiendo que la alergia es una respuesta inmunológica exagerada frente a sustancias que nuestro organismo reconoce como extrañas, resulta evidente que los humanos que pueblan la galaxia de Star Wars, interactuando con las especies más diversas, tendrían un sinfín de posibilidades de desarrollar alergias. Por ejemplo, imaginemos que Han Solo terminara desarrollando una alergia al wookie. Es, claro está, una suposición, una hipótesis de trabajo. Supongamos que Han Solo fuera alérgico a Chewbacca.

Chebacca no es una mascota (pues, a pesar de su aspecto animal, su inteligencia es prácticamente equiparable a la humana), sino un amigo (lo hemos dicho antes: un socio). Pero el supuesto que acabamos de proponer nos va a permitir retomar algunas ideas sobre la alergia respiratoria a animales.

En primer lugar, aunque hemos titulado esta entrada “Han Solo y la exasperante alergia al pelo de wookie“, se trata de un truco (lo reconocemos, y pedimos disculpas por ellos) para captar lectores: porque, recordemos, la alergia a mascotas no suele estar relacionada con el pelo de éstas, sino con su epitelio, con fragmentos de piel que se desprenden y que son transportados por el aire, o con la propia saliva u orina del animal, que también pueden ser fuentes de alérgenos. El pelo, por el contrario, tiene un tamaño demasiado grande como para acceder a las vías respiratorias del ser humano de forma inadvertida. En este sentido, no existen perros o gatos que sean completamente hipoalergénicos. Sí sabemos, no obstante, que algunas razas tienen más tendencia a la seborrea y a mudar caspa y pelo que otras, por lo que tienen más facilidad para ir soltando alérgenos al entorno, pero nunca puede eliminarse por completo la pérdida de pelo o de fragmentos de piel. El mito de las razas completamente hipoalergénicas es, por ello, un mito nocivo, pues puede conducir a las personas alérgicas a minimizar la importancia de su mascota como causa de posibles exacerbaciones de su enfermedad.

Recordemos, por otra parte, que, aunque todavía no se conocen todos los alérgenos responsables de la alergia a mascotas, sabemos que varios de ellos pertenecen a una familia de proteínas que reciben el nombre de lipocalinas y que se comportan como feromonas, y su producción es más frecuente en los machos, en los que se pueden producir de forma continuada, mientras que en las hembras se producen sólo durante la época de celo. Lamentablemente, estas proteínas no son las únicas que producen alergia, pero, cuando son ellas las causantes del problema, generalmente las hembras son (por el motivo referido) menos alergénicas que los machos. E, igualmente, cuando el problema son las lipocalinas (y sólo en tal caso), los machos castrados pueden ser incluso más hipoalergénicos que las hembras.

Puesto que, en las películas en que aparece, el pelo de Chewbacca, abundantísimo, suele estar enmarañado y con aspecto sucio, a alguien con sentido  del humor se le ocurrió que sería divertido aprovecharlo para publicitar una marca de champú. Permitidnos recuperar esa imagen (es, obviamente, lo que suele llamarse un “fake“, una imagen trucada) para recordar que, aunque para disminuir la emisión de alérgenos es conveniente que el animal se lave frecuentemente (hay evidencia reciente de que bañando al animal una vez cada semana se puede reducir la cantidad de alérgenos que se distribuyen en el ambiente), por muy limpio que se mantenga el pelo de las mascotas, tampoco puede eliminarse del todo el riesgo de diseminar alérgenos :

Loreal-Funny-Chewbacca

Sabemos, por otra parte, que, aún después de que una mascota se marche definitivamente de una vivienda, los alérgenos de la caspa pueden permanecer en la misma en concentraciones elevadas incluso hasta varios meses después (especialmente en el caso del gato).

¡Caramba!, si Han Solo fuese alérgico a Chewbacca, lo pasaría realmente mal cada vez que tuviera que meterse con él en la pequeña cabina de su nave, El Halcón Milenario. Imaginémoslo sorteando los ataques de las naves (los “cazas”) del Imperio mientras está inmerso en una salva de estornudos tras otra… ¡Mejor no!: Recordemos que los síntomas de alergia respiratoria (picor nasal o conjuntival, lagrimeo, estornudos, la necesidad de sonarse continuamente, …) durante la conducción de vehículos pueden resultar realmente peligrosos. “En un segundo”, alertan a este respecto desde la Confederación Nacional de Autoescuelas, “un conductor que circula a 100 kilómetros por hora no percibe lo que ocurre en la carretera durante 28 metros, y una serie de estornudos de 2 o 3 segundos de duración puede llegar a dejarle sin visión de la carretera durante casi 100 metros”.

¡Menos mal que Han Solo no es alérgico a los wookies!: si lo fuera, le habría resultado mucho más difícil salir airoso de todas las persecuciones en las que se ha visto envuelto hasta que la saga alcanzara su episodio séptimo.

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