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A veces, el tomate (o alguno de sus componentes) sí tiene la culpa: El alérgeno del mes.

La semana pasada supimos que un equipo de investigadores españoles ha descubierto dos nuevos alérgenos en el tomate. El trabajo está dirigido por científicos de la Universidad Complutense de Madrid, analiza muestras de 22 pacientes alérgicos al tomate de los hospitales Infanta Leonor de Madrid y Regional Universitario de Málaga, y se ha publicado en la revista Molecular Nutrition and Food Research.

El tomate (Solanum lycopersicum o Lycopersicon esculentum) es una planta de la familia de las solanáceas, muy apreciada como hortaliza comestible,  originaria de Centro y Sudamérica y que en la actualidad se cultiva en todo el mundo para su consumo, tanto fresco como procesado de diferentes modos (puré, zumo, salsas, …).

Se trata de una de las verduras más consumida en la cocina internacional y es también una de las que más frecuentemente producen alergia alimentaria.

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Aunque se han descrito varias proteínas alergénicas en el tomate, incluyendo Lyc e 1 (profilina con un peso molecular de 14 kDa), Lyc e 2 (fructofuranosidasa, con un peso molecular de 50 kDa), Lyc e 3 (una proteína transportadora de lípidos: LTP), Lyc e 4 (una proteína muy similar al alérgeno principal del polen de abedul, Bet v 1), Lyc e quitinasa (31 kDa), Lyc e peroxidasa (44 kDa), Lyc e 11S,  y otras, la alergia al tomate genuina se consideraba bastante rara: la mayor parte de los casos de sensibilización y de alergia a este alimento se ha constatado siempre en personas sensibilizadas de forma primaria a otros alérgenos aerotransportados (como algunos pólenes) o a otros alérgenos alimentarios con los que se produce una reactividad cruzada. Además, la mayoría de las reacciones alérgicas al tomate son reacciones locales, limitadas a labios, boca y garganta (es lo que llamamos un «síndrome de alergia oral»), y se observan en pacientes sensibilizados a la profilina (Lyc e 1).

Con tales antecedentes, podríamos decir que el tomate parece bastante inocente como causa de alergia… Y se nos viene a la cabeza esa canción popular que nació durante la Guerra Civil española y que también se usó en la revolución cubana y en otros intentos revolucionarios de América latina en el siglo XX:

«Qué culpa tiene el tomate,
que está tranquilo en su mata,
y viene un tío malaje,
y lo mete en una lata…»

Pero, realmente, no es tan inocente.

Hace unos años empezaron a describirse reacciones alérgicas sistémicas graves (anafilaxias) en pacientes sensibilizados a proteínas transportadoras de lípidos (Lyc e 3). Y, por su parte, los dos nuevos alérgenos descubiertos por los investigadores españoles que aludíamos al principio son proteínas muy estables y resistentes al tratamiento térmico y al proceso digestivo, por lo que pueden desencadenar también reacciones anafilácticas en las personas sensibilizadas, aún cuando el alimento se ingiera cocinado. Además, se da una circunstancia que viene a dificultar el diagnóstico: los dos nuevos alérgenos, proteínas de una misma familia que se han bautizado con los nombres Sola l 7 y Sola l 6, se localizan exclusivamente en las semillas del tomate. Eso implica que las personas alérgicas a cualquiera de estas proteínas pueden ser alérgicas a las semillas pero no a la pulpa, ni a la piel, del tomate, por lo que sólo al ingerir las semillas tendrían síntomas. Las semillas se encuentran en la zona más interna del tomate, pero frecuentemente se quitan para cocinarlo o para preparar el plato (por ejemplo, para rellenarlo, como en la próxima imagen), y, en esos casos, si no hay semillas, estas personas podrían tolerarlo sin problemas. Ese hecho, obviamente, dificultaría el diagnóstico, pues el enfermo podría tener la sensación de que tolera el tomate sin problemas y resultaría más difícil relacionar sus síntomas con las semillas del mismo.

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Interesante hallazgo, entonces, que nos descubre que el tomate no siempre es inocente… aunque pueda parecerlo.

 

 

Un restaurante británico prescinde de gluten y de lácteos durante meses sin anunciarlo

Dominic Teague es cocinero en un restaurante de Londres: el restaurante Indigo, situado en el hotel One Aldwych. Después de notar un aumento en el número de clientes que solicitaban alimentos sin gluten ni lácteos, Dominic decidió comenzar a elaborar un nuevo menú libre de ambos.

Según cuenta ahora, durante tres meses ha estado cocinando en su restaurante sin utilizar lácteos ni alimentos que contengan gluten, y sin comunicarlo fuera de la cocina. Lo que empezó casi como un juego, se convirtió en un desafío, que le ha obligado a buscar alternativas para las recetas tradicionales: por ejemplo, para la elaboración del pan, o de algunos postres, como mousse de chocolate, en el que sustituyó la leche por aceite coco.

Al parecer, no sólo nadie ha encontrado ninguna pega en la textura o el sabor de los nuevos platos, sino que la nueva oferta ha recibido buenas críticas.

Cocinar durante meses prescindiendo del gluten o de los lácteos puede suponer un ejercicio de imaginación. Hacerlo prescindiendo de ambos a la vez, y sin que los clientes lo noten, puede suponer un ejercicio de imaginación todavía mayor.  Pero Dominic Teague (a quien podemos ver en la fotografía, tomada de una publicación argentina, pues se está haciendo famoso por su experimento) ha demostrado que es posible.

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