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El alérgeno del mes: El cacahuete

Por los motivos que ayer mismo especificábamos (se trata de un estudio intervencionista en un ámbito donde únicamente contábamos con estudios observacionales, y sus hallazgos son contrarios a las creencias más extendidas respecto a la influencia de la exposición precoz a determinados alimentos en el desarrollo de alergia alimentaria), el ensayo clínico al que dedicamos nuestra entrada de ayer es relevante en el campo de la investigación de las causas de la alergia alimentaria.  Tanto es así, que hemos decidido profundizar en el conocimiento del cacahuete como alérgeno dedicándole hoy la sección «El Alérgeno del Mes«.

El cacahuete es uno de los alimentos que con más frecuencia causan alergia alimentaria. Aunque en España su prevalencia ha aumentado en las últimas décadas, es en los países anglosajones, y muy especialmente en EE UU, donde se considera un problema de salud pública por el elevado número de afectados; hasta ahora, siempre se ha asumido que la elevada prevalencia en ese país está relacionada con el hecho de que el cacahuete y sus derivados, como la mantequilla de cacahuete o el aceite de cacahuete, son alimentos muy implantados en la dieta americana y muy usados en su cocina (aunque, quizás, los resultados del ensayo clínico que comentábamos ayer deberían hacernos valorar otras hipótesis).

Es frecuente relacionar el cacahuete con los frutos secos, pero la realidad es que se trata de una leguminosa: las leguminosas o legumbres son plantas que se caracterizan porque sus frutos se encuentran encerrados en vainas. El cacahuete, por tanto, está más emparentado con los guisantes o las judías verdes que con la avellana o la almendra.

Como en otros alimentos alergénicos, el compuesto responsable de la reacción alérgica es una fracción de las proteínas del cacahuete. Los alérgenos de la legumbres, en su mayoría (y el caso del cacahuete no es diferente), corresponden a un grupo de proteínas denominadas de almacenamiento. Se trata de unas proteínas con gran importancia en el ciclo vital de las plantas, pues intervienen en la maduración de las semillas, su germinación y su desarrollo. Muchas de ellas tienen similitudes estructurales, lo cual explica los fenómenos de reactividad cruzada entre distintas legumbres.

En el caso concreto del cacahuete, los alérgenos que se han identificado se denominan con el nombre Ara h seguido de un número arábigo.

El principal alérgeno es Ara h 1, una glicoproteína que tiene gran similitud química con las vicilinas, proteínas presentes en semillas de diversas plantas como lentejas, guisantes, o incluso anacardos y semillas de sésamo. Ara h 2 tiene similitudes estructurales con la llamada beta-conglutinina de los altramuces; Ara h 3, con la glicinina de soja y guisante; Ara h 5, con la profilina del polen de abedul (Bet v 2); y Ara h 9, con una proteína de transferencia de lípidos presente en vegetales como melocotón, avellana y arroz. Tales similitudes pueden condicionar reacciones cruzadas con los alimentos mencionados.

Aunque en muchos otros casos de alergia alimentaria la acción del calor sobre las proteínas alergénicas modifica su estructura y hace que pierdan su alergenicidad (su capacidad para producir reacciones alérgicas), en el caso de los alérgenos de los cacahuetes ocurre justo lo contrario. Sabemos que estos alérgenos son resistentes al calor y también a los procesos de la digestión; y no solamente son resistentes, sino que el calor puede aumentar la alergenicidad de estos alérgenos: las proteínas del cacahuete tostado tienen más facilidad para unirse a la IgE y son más resistentes a los porcesos de digestión gástrica, por lo que el cacahuete tostado, como potencial causante de sensibilización o de reacciones alérgicas, es incluso más peligroso que el cacahuete crudo. Algo que también ocurre en otras legumbres (como las lentejas), pero que no es habitual en otro tipo de alimentos.

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«Si discutimos y me convences, gano yo» (sobre la prevención de la alergia al cacahuete)

«Si tú y yo discutimos y tú me convences, soy yo quien gana». La primera vez que oí esta frase, me fascinó por la tremenda verdad que encierra en una aparente contradicción: si ambos discutimos, y tú me convences, gano yo. Gano yo, porque habré aprendido algo, me habrás ayudado a ser consciente de algo que antes ignoraba, habré salido de un error.

Ese es, exactamente, el espíritu con el que avanza el conocimiento científico. Si algún estudio nuevo, algún nuevo experimento, alguna evidencia reciente, constata que nuestras creencias sobre algún aspecto concreto estaban erradas, habrá que cambiar nuestras creencias; habrá que asumir la nueva evidencia, aceptar que podíamos estar equivocados, y plantear nuevas investigaciones que nos permitan concluir cuál de las dos hipótesis es la correcta. Y bienvenidos sean ese estudio, ese experimento, esa evidencia, que nos llevan a replantearnos lo que sabíamos, o creíamos saber, y nos permiten seguir creciendo en la búsqueda y el conocimiento de la verdad. Porque así ganamos todos.

Ese es el espíritu: y ese es el motivo por el que ha sido tan citado, y tan celebrado, un trabajo divulgado esta semana cuyos resultados resultan contrarios a algunas ideas sobre la prevención de la alergia al cacahuete que teníamos asumidas como ciertas apenas unos años atrás.

Se trata de un ensayo clínico publicado en la revista The New England Journal of Medicine que estudió la evolución de más de 500 bebés de entre 4 y 11 meses con características que hacían pensar que podrían tener predisposición a desarrollar alergias (tenían eczema grave, de características atópicas, o alergia al huevo, o ambos), a algunos de los cuales se les proporcionaban cacahuetes en la dieta, mientras que los otros evitaban rigurosamente los cacahuetes. Los autores del estudio encontraron que, a la edad de 5 años, la alergia al cacahuete era mucho más frecuente en el grupo que había evitado el cacahuete en la dieta.

En realidad, no es que estuviéramos previamente convencidos de lo contrario. Si realmente la comunidad científica tuviera la convicción de que comer cacahuetes en etapas tempranas de la vida podía facilitar la aparición de alergias, a nadie se le habría ocurrido diseñar un estudio en el que intencionadamente a un grupo de niños se les permitiera tomar cacahuetes para ver qué pasaba: eso no habría sido ético, e incluso, si se consiguiera relacionar el desarrollo de la enfermedad con la actuación de los investigadores, en un marco legislativo como el nuestro podría tener consecuencias penales para estos últimos.

En el año 2000, la Academia Americana de Pediatría aconsejó expresamente que los niños con riesgo de ser alérgicos evitaran el consumo de cacahuetes en edades precoces, por relacionarlo con una mayor probabilidad de desarrollar alergia a este alimento. Sin embargo, en 2008 la misma academia se retractó de esa recomendación, reconociendo que no había realmente evidencia suficiente para pronunciarse con contundencia en ese sentido.

El estudio que estamos comentando (un estudio conocido con el acrónimo LEAP, que incluye las siglas de «Learning Early About Peanut Allergy«) orienta precisamente en el sentido contrario.

Y la gran novedad de este estudio concreto es que se trata de un estudio intervencionista: hasta ahora, los trabajos desarrollados sobre esta materia eran trabajos descriptivos, en los que los investigadores se limitaban a observar y describir lo que había ocurrido. En esta ocasión, los investigadores, dirigidos por Gideon Lack, del King’s College de Londres, tuvieron oportunidad de intervenir, y decidieron a qué grupo se le incluía cacahuete en la dieta y a qué grupo no. Con carácter general, los resultados de los estudios intervencionistas (y especialmente de los ensayos clínicos como el que nos ocupa) se asumen más próximos a la realidad que los resultados de los estudios puramente descriptivos, pues en aquéllos los investigadores pueden controlar factores que escapan a su ámbito de influencia en éstos.

¿Quiere eso decir que ahora ya sabemos que comer cacahuetes en edades tempranas de la vida protege contra el desarrollo de alergias? Pues no, esa sería una conclusión aventurada. Sólo quiere decir que se abre una línea de investigación sobre una hipótesis que hasta ahora no parecía ni siquiera probable: que la introducción precoz del cacahuete pudiera prevenir (de un modo importante, según los resultados de este trabajo) el desarrollo de alergia alimentaria. Y que quizás no sea exclusiva del cacahuete, sino que pudiera extrapolarse a otros alimentos.

Necesitamos, no obstante, más estudios para poder asumir esa posibilidad como cierta, y concluir de ella recomendaciones a la población.

Y, por supuesto, si ese fuera el caso, ganamos todos.

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