Sensibilización

En el ámbito de la Alergología, llamamos sensibilización al fenómeno por el cual el sistema inmunológico de una persona que previamente toleraba sin problemas una sustancia deja de tolerarla y la interpreta como una amenaza. La sensibilización se traduce en la síntesis de IgE específica frente a esa sustancia, la cual, simplemente por el hecho de poder dar lugar a ese proceso, recibe el nombre de alérgeno.

Para que una reacción alérgica mediada por IgE frente a una sustancia tenga lugar, es preciso que previamente se haya producido una sensibilización, es decir, que en esa persona se haya sintetizado IgE específica frente a esa sustancia (frente a ese alérgeno). Ese anticuerpo de tipo IgE se une (se fija) a la superficie de unas células sangúineas llamadas mastocitos. Si no hay posteriores contactos con el alérgeno, no hay problema. Pero en el momento (en el preciso momento: este tipo de reacciones reciben el nombre de reacciones de hipersensibilidad inmediata porque generalmente ocurren con extraordinaria rapidez) en que el sistema inmunológico de la persona sensibilizada entra en contacto con el alérgeno en cuestión, la IgE lo reconoce (se une al mismo), y, como una cerradura que hubiera encontrado su llave, permite la liberación por el mastocito de un gran número de sustancias que ponen en marcha un proceso inflamatorio (esas sustancias reciben, por ello, el nombre de “mediadores de la inflamación”).

En el hecho de que a lo largo de la vida de una persona se produzca una sensibilización frente a una sustancia intervienen diversos factores: influye el momento de la vida en que se produce la exposición al alérgeno, la dosis del alérgeno a la que esa persona ha estado expuesta y la predisposición personal a desarrollar alergia (que, como sabemos, es una condición que tiene un componente hereditario).

La sensibilización es, entonces, un requisito previo para la aparición de una reacción alérgica. Así pues, las personas alérgicas han desarrollado su alergia en algún momento a lo largo de su vida. Lo normal es que el momento de la sensibilización pase desapercibido, y son sus consecuencias posteriores (el desarrollo de la enfermedad alérgica, cuando ocurre) las que el sujeto nota.

Como conclusión de lo anterior, podemos afirmar que no puede existir una reacción alérgica mediada por IgE frente a un alérgeno sin que previamente se haya producido la sensibilización frente a ese alérgeno. Sin embargo, a la inversa sí es posible: puede existir sensibilización frente a un alérgeno (es decir, puede haberse producido IgE frente a ese alérgeno, la cual se fijará a la superficie de los mastocitos) sin que llegue a producirse un verdadero problema de alergia.

La alergia es un cuadro clínico, es decir, debe producir síntomas o signos clínicos. Si tales síntomas o signos no existen, no podemos decir que esa persona padezca alergia: aunque esté sensibilizada. Y ocurre que, a veces, por motivos no siempre bien conocidos, se constata sensibilización sin que exista una verdadera alergia.

Existen varios métodos para detectar la presencia de IgE en sangre frente a algún alérgeno  (a esa IgE la llamamos IgE específica frente al alérgeno). Se trata de pruebas diagnósticas de tipo diverso (por ejemplo, las pruebas cutáneas mediante la técnica llamada de prick-test, o análisis de laboratorio que se efectúan sobre una muestra de sangre) que ponen de manifiesto la existencia de ese anticuerpo específicamente dirigido frente al alérgeno en cuestión. Pero tales pruebas sólo evidencian la existencia de sensibilización, y eso no necesariamente equivale a la existencia de alergia. Para diagnosticar la alergia, es fundamental la realización de una buena historia clínica, que permita detectar si el alérgeno frente al que se ha detectado la sensibilización puede producir los síntomas y signos que el enfermo refiere, o cuál de los múltiples (si fuera el caso) alérgenos frente a los que se ha detectado sensibilización puede ser el responsable de las manifestaciones clínicas.

La existencia de una sensibilización sin alergia no suele requerir tratamiento, y sólo cuando existe alergia el tratamiento puede ser necesario.  Ese es el motivo por el que el alergólogo indagará sobre costumbres y estilo de vida, aspectos laborales, características de la vivienda, hábitos dietéticos, aficiones, convivencia o no con mascotas, … Porque, sin esa labor, que podríamos considerar detectivesca, las pruebas complementarias (por muchas que hagamos) no pueden garantizar un diagnóstico correcto.

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