El secreto de las flores (o La improbable alergia estacional por el polen de orquídeas)

El polen es el conjunto de granos diminutos que contienen las células reproductoras masculinas de las plantas. En las plantas con flores, el polen se produce en unas estructuras que reciben el nombre de estambres, localizadas en el interior de las propias flores.

La polinización es el proceso por el cual el polen producido en una planta es transportado (por medios diversos, como veremos a continuación) hasta alcanzar el óvulo (la célula reproductora femenina), cuya fecundación hace posible la producción de semillas y frutos.

Al igual que en los animales, también en las plantas la reproducción sexual permite la variabilidad de los individuos de la especie. Permitir que el polen de un ejemplar concreto alcance el óvulo de otro ejemplar hace que se mezclen los genes de uno y otro, originándose un tercer ejemplar que, aún teniendo características de los dos anteriores, es diferente de ambos. Pero, claro está, las plantas suelen estar ancladas al suelo por sus raíces. Por ello, para que esa mezcla de material genético resulte posible, deben existir mecanismos que permitan que el polen se libere del ejemplar que lo ha producido y se desplace libremente, a veces a lo largo de kilómetros, hasta alcanzar otro ejemplar de la misma especie, donde se producirá la fecundación. Y, efectivamente, tales mecanismos existen.

El transporte del polen lo pueden realizar diferentes agentes que son llamados vectores de polinización. Los vectores de polinización pueden ser tanto seres vivos (fundamentalmente insectos, pero también aves o incluso mamíferos) como otros elementos (como el viento y el agua). En el primer caso (seres vivos), hablamos de vectores bióticos; en el segundo caso, hablamos de vectores abióticos.

Los vectores bióticos son múltiples. Entre los insectos, están los himenópteros (abejas, avispas, abejorros), lepidópteros (mariposas, polillas), coleópteros (como los escarabajos) y dípteros (como las moscas). Entre las aves, fundamentalmente los colibríes. Entre los mamíferos, los murciélagos y otros.

Con el paso de los siglos, la evolución ha hecho que las diversas especies de plantas se decanten preferentemente por alguna de las múltiples formas posibles de polinización. Las plantas que son polinizadas por el viento reciben el nombre de anemófilas. Las que son polinizadas por el agua se llaman hidrófilas. Por su parte, aquellas plantas cuyo polinizador principal o exclusivo es un animal son plantas zoófilas (y si se trata, concretamente, de insectos, son plantas entomófilas). La afinidad entre una planta y un insecto puede ser tal que la morfología de la flor y la anatomía del insecto se acoplen perfectamente. Esa afinidad es positiva tanto para el polinizador como para la planta: en lo que respecta al primero, le resultará relativamente fácil acceder al alimento que necesita, y que la flor le ofrece; en lo que respecta a la planta, tiene muchas probabilidades de que el insecto vuele a otra flor de la misma especie, donde depositará el polen, el cual, de esa forma, no se dispersa (y se desperdicia menos, podríamos decir).

Las plantas que liberan su polen al ambiente (anemófilas) tienen un polen liviano, pues cuanto menos pese más fácilmente será transportado por el aire. Eso, muchas veces, se relaciona con su tamaño: un polen ligero es, frecuentemente, un polen pequeño, lo cual permite que, al ser inhalado por el ser humano, llegue hasta las pequeñas vías del aparato respiratorio, en el interior de los pulmones. Además, puesto que este polen sí que se dispersa (lo transporta el aire o el viento, así que su destino es completamente azaroso), la planta en cuestión debe producirlo en cantidades ingentes para asegurarse un mínimo de probabilidades de éxito. No es difícil deducir que éstos suelen ser los pólenes que más problemas de alergia producen a la población.

Por el contrario, las plantas entomófilas se especializan en atraer a los insectos, y deben desarrollar una serie de recursos que las hagan atractivas para los mismos.  El propio Charles Darwin, estudiando la polinización de las orquídeas, llegó a decir de ellas que “las variadas estratagemas que usan para atraer a sus polinizadores trascienden la imaginación de cualquier ser humano”. Las flores de las plantas entomófilas se convierten, entonces, en un festival de colores vistosos y aromas diversos, muchas veces con formas abigarradas; y ofrecen en su interior productos atractivos para sus polinizadores, como el néctar del cual éstos se alimentan. Ese, podríamos decir, es el secreto de las flores: se han engalanado de forma meticulosa para resultar atractivas a los animales que participarán, como meros vectores involuntarios, en su reproducción. En tales circunstancias, no les interesa que su polen se disperse por el aire: por el contrario, suele tratarse de un polen viscoso o adherente, para que se quede pegado al cuerpo del insecto.

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¿Pueden, entonces, las plantas con flores llamativas producir alergia? Claro que pueden. Tienen proteínas que son diferentes a las de nuestro propio cuerpo, y eso puede ser suficiente para que algunas personas reaccionen de forma anómala frente a ellas. Pero, a diferencia del caso de las plantas anemófilas (cuyas flores no necesitan engalanarse con colores ni olores llamativos, pues el viento no responde a esos estímulos), el polen de las flores vistosas no suele estar diseñado para desplazarse por el aire a grandes distancias. Sería necesario encontrarse en estrecha proximidad de las plantas para que los síntomas fueran importantes y, por ese motivo, es menos probable que causen alergia sintomática a una proporción importante de la población.

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En las primeras descripciones de las manifestaciones respiratorias de la alergia al polen, uno de los nombres que se acuñaron para describir el cuadro fue el de “fiebre de las rosas“, pues se presentaba “en primavera, cuando las rosas liberan su perfume” (según expresión del médico árabe de origen persa Rhazes, que ejerció a principios del siglo X), y se atribuía a la inhalación del olor de la rosa. Hoy sabemos que las rosas, como las orquídeas y otras plantas de flores llamativas, tienen un polen diseñado para viajar pegado al cuerpo de los insectos, y que, sin embargo, suelen ser otras plantas con flores menos hermosas las que liberan masivamente su polen al aire, gracias a lo cual éste puede recorrer kilómetros de distancia hasta llegar al aparato respiratorio del ser humano.

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