El Príncipe y la Anafilaxia

Continuando con el relato de ayer, hoy hemos titulado nuestra entrada “El príncipe y la anafilaxia“.  No vamos, sin embargo, a referirnos al Príncipe de Asturias, sino al príncipe Alberto I de Mónaco que vivió entre 1848 y 1922, quien, al parecer, jugó un papel significativo en el descubrimiento y descripción del fenómeno de la anafilaxia.

La anafilaxia es una reacción alérgica grave, potencialmente mortal, y de instauración rápida. Sus síntomas, que pueden afectar a distintos órganos o sistemas (la piel, el aparato respiratorio, el cardiovascular o el digestivo, fundamentalmente), suelen aparecer en un breve plazo tras el contacto con el alérgeno.

En 1913, el médico y fisiólogo francés Charles R. Richet recibió el premio Nobel de Medicina por sus investigaciones sobre la anafilaxia. Él fue quien propuso el término para designar la reacción de sensibilidad desarrollada por un organismo vivo tras recibir una inyección de una sustancia proteica o una toxina.

En realidad, en periodos anteriores de su carrera, las investigaciones de Richet iban por otros derroteros. Pero, en el verano de 1901, fue invitado por el príncipe Alberto I de Mónaco, el cual tenía gran interés por la oceanografía, a un crucero por el Atlántico junto con el zoólogo Paul Jules Portier. El príncipe Alberto encargó a los científicos que buscaran algún remedio contra las indeseables picaduras de las medusas (Physalia physalis) que perturbaban sus baños en el mar.

Richet y Portier se sintieron suficientemente estimulados para poner manos a la obra, a pesar de que, de regreso a París, no les resultaba posible obtener para sus investigaciones las medusas marinas que interesaban al príncipe. Por ello, optaron por trabajar con anémonas (ortigas de mar), cuyos tentáculos también albergan veneno. Su hipótesis de trabajo era que la administración a animales de experimentación de cantidades no mortales del veneno induciría en éstos una protección (phylaxis). Por el contrario, lo que encontraron fue que, tras una primera administración de cantidades pequeñas, la misma cantidad administrada posteriormente (incluso semanas después) podía llegar a producir la muerte del animal. Es decir, exactamente lo contrario de la protección que esperaban: anaphylaxis.

Así se escribe la ciencia: trabajas con una hipótesis, y tus experimentos pueden demostrarte que la realidad es justo al contrario de como pensabas.

Podríamos decir que, en este caso, el príncipe actuó como mecenas o patrocinador, orientando la investigación de los científicos en función de sus intereses. Lo que ellos encontraron no fue lo que él esperaba… pero fue un descubrimiento digno de un premio Nobel.

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