El cigarrillo electrónico y el asma

Directamente en relación con nuestra entrada de ayer, y tal como hemos divulgado desde nuestra cuenta de Twitter (@Alergologos), esta tarde se ha celebrado en el Aula de Grado de la Facultad de Ciencias de la Salud de la Universidad de Málaga una Jornada de Concienciación previa al Día Mundial sin Tabaco.

La Jornada ha sido organizada por las sociedades científicas ASANEC (Asociación Andaluza de Enfermería Comunitaria), SEMERGEN-ap (Sociedad Española de Médicos de Atención Primaria) y NEUMOSUR (Asociación de Neumología y Cirugía Torácica del Sur),  y ha contado con colaboración de la propia Universidad de Málaga y del Ayuntamiento de Málaga:

cartel Tabaco

Entre los temas que se han abordado han destacado dos: por un lado, el Plan Integral de Tabaquismo de Andalucía, que integra el conjunto de medidas puestas en marcha por el gobierno andaluz para prevenir el tabaquismo y disminuir su prevalencia y sus consecuencias, y del cual hablaremos en una futura entrada; por otro lado, los cigarrillos electrónicos, a los que queremos dedicar unos párrafos hoy.

Los cigarrillos electrónicos son dispositivos cuya popularidad está creciendo de forma exponencial como alternativa al hábito tabáquico tradicional, y sobre los cuales la población tiene una percepción de inocuidad que no está justificada: no está justificada porque, como insistentemente nos recuerdan los especialistas, no podemos tener certeza de que no sean nocivos.

Un cigarrillo electrónico es un sistema electrónico inhalador diseñado y comercializado para simular y sustituir el consumo de tabaco. El funcionamiento de estos dispositivos consiste en calentar y vaporizar una solución líquida, que puede liberar nicotina u otras sustancias, lo cual permite una amplia diversidad de aromas: esencias de menta, vainilla, manzana, …

La popularidad creciente de estos dispositivos ha hecho que se hayan acuñado y difundido vocablos que, sin haber sido (todavía) aceptados por la Real Academia Española de la Lengua, ya forman parte del lenguaje común: vapear y vapeo hacen referencia, respectivamente, a la acción (vapear) y a la acción y efecto (vapeo) de inhalar los vapores que producen estos artilugios.

La Organización Mundial de la Salud alerta de que los cigarrillos electrónicos suelen contener sustancias que se comportan como irritantes de las vías respiratorias, como el glicol de propileno, además de que pueden incluir otras sustancias que son habituales en los cigarrillos convencionales. Por este motivo, es de lógica asumir que los cigarrillos electrónicos podrían ser nocivos para los pacientes asmáticos. Aunque, en medicina, como ya hemos comentado previamente, por muy lógica que pueda parecer una aseveración, no puede aceptarse como cierta hasta que se ha comprobado: y, en ese sentido, nos faltan trabajos de investigación que confirman o desmientan que ese daño, efectivamente, se produce. Nos falta lo que llamamos “evidencia científica”, si bien es razonable asumir que esa evidencia nos falta porque el mecanismo es todavía relativamente reciente, y no hemos tenido tiempo de estudiarlo en profundidad.

Sabemos, a pesar de lo anterior, que existe el “vapeo pasivo“, es decir, que quienes no hacen uso directo del dispositivo pueden verse afectados por los vapores emitidos si están cerca de alguien que lo utilice. Por ello, y aunque en general se acepta que su toxicidad parece inferior a la de los cigarrillos convencionales, las sociedades científicas recomiendan evitar su uso en la proximidad de niños o personas asmáticas (incluso proponen prohibirlos en espacios públicos cerrados) hasta que ese aspecto quede definitivamente aclarado.

 

 

 

 

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