Corto Maltés y las diferencias entre etnias… en alergias alimentarias

Corto Maltés es un personaje de ficción, un personaje de cómic creado por Hugo Pratt: un marino nómada, apátrida voluntario, culto y siempre ávido de conocimientos y sensaciones. Pratt escogió para ambientar las aventuras de Corto la primera mitad del siglo XX por considerarla una época convulsa, llena de conflictos y cambios sociales radicales. Corto Maltés es el pretexto que Pratt utilizaba para darnos su visión de ese mundo, un mundo que conocía bien porque era el suyo.

Corto Maltés sabía que las fronteras son arbitrarias, alienantes y empobrecedoras, y el descubrimiento de cada nueva cultura suponía para él un reto fascinante e irresistible.

Cuando, al final de su primera aventura (“La Balada del Mar Salado“) un guerrero maorí le dice: “Te has esforzado por ser como nosotros, y casi lo has conseguido: sólo te ha faltado el color de la piel”, él le reprocha: “¡ya estás empezando a hablar como un blanco!”.

Hugo Pratt sabía que dar relevancia al color de la piel en las relaciones humanas es un sinsentido que sólo quienes sienten pertenecer a la raza hegemónica tomarían en consideración. Y eligió contárnoslo mediante esta anécdota inventada, vivida por el personaje nacido de su imaginación.

En el ámbito de la predisposición a enfermedades, no obstante, sí parece que pueden existir condicionantes derivados de etnia o de raza. A esa conclusión llegan, concretamente en lo referente a las alergias alimentarias, los autores de un estudio desarrollado recientemente en Estados Unidos (EE.UU.).

El equipo de la Dra. Mahboobeh Mahdavinia, del Departamento de Inmunología del Rush University Medical Center de Chicago, lleva algún tiempo estudiando las diferencias raciales en la prevalencia o forma de presentación de diversas enfermedades, y en esta ocasión se han centrado en las alergias alimentarias, completando el primer estudio diseñado para valorar y caracterizar las diferencias raciales o étnicas en la alergia alimentaria entre niños de los EE.UU. El trabajo al que nos referimos se llama “Racial Differences in Food Allergy Phenotype and Health Care Utilization among US Children” (“Diferencias raciales en el fenotipo de alergia alimentaria y utilización de los servicios de salud entre niños de los EE.UU.“), y ha sido aceptado para publicación en la revista The Journal of Allergy and Clinical Immunology: In Practice. Como su nombre sugiere, los autores utilizaron bases de datos de clínicas norteamericanas para rastrear e identificar diferencias respecto a las alergias alimentarias en diferentes razas; concretamente, estudiaron tres grupos: niños negros, blancos e hispanos.

Incluyeron 817 niños diagnosticados con alergias a los alimentos entre el nacimiento y los 18 años de edad, y detectaron que los niños negros e hispanos resultaban mucho más propensos a tener alergias al maíz, al marisco y al pescado que los niños blancos. En comparación con estos últimos, los niños negros también presentaron tasas mucho más altas de alergia al trigo y a la soja.

El cacahuete (que, como sabemos, es una legumbre) resultó el alérgeno alimentario que más frecuentemente daba problemas en los tres grupos: algo que no sorprende especialmente, teniendo en cuenta dónde se desarrolló el estudio.

El único alérgeno que resultó más prevalente entre los niños blancos que en los niños de los otros dos grupos fueron los frutos secos (entre los que no se incluyen los cacahuetes).

Y otro dato interesante es que los niños negros e hispanos tuvieron tasas significativamente mayores de reacciones anafilácticas en sus antecedentes, y, comparados con los niños blancos, tenían también mayor probabilidad de visitar un servicio de urgencias por reacciones relacionadas con su alergia alimentaria.

Estas diferencias, ¿se deben a la variabilidad genética? ¿O, por el contrario, puede haber factores ambientales o culturales que estén condicionando la mayor prevalencia de unas alergias frente a otras? Pues la verdad es que el diseño del estudio no permite llegar a conclusiones sobre ésto: constata el hecho de la diferencia, pero no aporta datos suficientes para aclarar esa cuestión.

Hay, no obstante, un detalle interesante. El porcentaje de niños cubiertos por Medicaid variaba significativamente entre los grupos: 55% de los negros, 18% de los hispanos y 11% de los blancos. Puesto que Medicaid es una red pública de aseguramiento para personas sin recursos, de tales cifras podemos deducir que los grupos estudiados no son homogéneos en su nivel adquisitivo ni en su acceso a servicios sanitarios. Tal vez eso influya en factores como la dieta o los hábitos de alimentación, y muy probablemente influya en la diferencia de presentación de las complicaciones.

¿Puede haber, entonces, factores económicos o sociales que tengan incluso más peso que los factores genéticos en la determinación de las diferencias detectadas?

Si hubiéramos podido preguntarle, probablemente Corto Maltés nos habría dicho que investigáramos en esa línea.

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