¿Cómo afectan las temperaturas extremas a la adrenalina?

Ya hemos comentado en diversas ocasiones que la adrenalina es el fármaco utilizado en situaciones de urgencia para frenar la progresión de una anafilaxia (una reacción alérgica grave, con riesgo vital), incluso para revertir sus síntomas.

Hemos referido también que este fármaco está disponible en dispositivos para autoinyección, que pueden ser utilizados directamente por el propio paciente por la sencillez de su manejo: son dispositivos que el paciente con riesgo de anafilaxia debe conservar y llevar consigo en aquellas situaciones en las que el riesgo pueda concretarse.

Por ese motivo, resulta de extraordinario interés garantizar una adecuada conservación.

El prospecto del medicamento, en una u otra preparación comercial, aconseja conservarlo por debajo de 25º C, y no congelarlo. Eso no quiere decir que no pueda haber cierta flexibilidad, ya que la utilidad del dispositivo autoinyector reside precisamente en que el paciente puede llevarlo consigo: se permite mantenerlo entre 15º C y 30º C en salidas o viajes.

Recientemente se ha publicado en la revista Annals of Allergy, Asthma & Immunology una revisión sistemática que analiza lo que se ha publicado en la literatura científica sobre la degradación de la adrenalina por exposición a frío o calor excesivos. El trabajo lleva por título, precisamente, “A systematic review of epinephrine degradation with exposure to excessive heat or cold” (“Una revisión sistemática de la degradación de adrenalina con exposición a calor o frío excesivos“), y está firmado por cuatro investigadoras del Children’s Hospital de Seattle (Washington) y el Departamento de Pediatría de la Universidad de Washington.

Las autoras se dedicaron a buscar todos los artículos en los que se valorara el estado de la adrenalina (en jeringas cerradas, viales o ampollas, y a concentraciones entre 1:1.000 y 1:10.000) expuesta a temperaturas por encima y/o por debajo de las recomendadas y se comparara muestras control (de adrenalina conservada siempre a las temperaturas recomendadas).

Incluyeron en su análisis nueve trabajos. Encontraron que la exposición al calor tuvo como consecuencia la degradación de adrenalina, pero sólo con una exposición prolongada. El calor constante se tradujo en una mayor degradación. Por el contrario, en ninguno de los estudios que evaluaron la exposición de adrenalina al frío extremo condicionó una degradación significativa. En ninguno de los estudios que evaluaron los efectos de las fluctuaciones naturales de temperatura (sin intervención de aparatos artificiales) determinaron tampoco una degradación significativa.

Sólo en dos estudios (uno que evaluaba el calor y otro la congelación) se analizó el funcionamiento de autoinyectores, y los 40 aparatos probados se dispararon correctamente.

Las autoras concluyeron que las excursiones en las que el fármaco se sometía a fluctuaciones naturales de la temperatura no parecieron tener consecuencias negativas en la conservación del mismo. La congelación o exposiciones limitadas a ambientes calurosos (en excursiones, por ejemplo, como podría ser un día de playa) no tuvieron como consecuencia una degradación del fármaco. Sin embargo, puesto que la mayoría de los trabajos que encontraron (con las dos excepciones descritas) prestaban atención a la conservación del fármaco sin preocuparse del funcionamiento del dispositivo autoinyector, consideraron interesante investigar más sobre los posibles efectos de la temperatura en el mecanismo de disparo de éstos.

  En cualquier caso, parece también razonable concluir que si un autoinyector de adrenalina se ha visto expuesto a temperaturas extremas y es el único aparato disponible en una situación de emergencia, debe utilizarse: hay que ser consciente de que puede existir una cierta pérdida de eficacia, pero no por haberse expuesto a esas temperaturas va a resultar tóxico.

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